
El primer día que inicié mis prácticas profesionales en Cemex, el ingeniero danés con el que me asignó el ingeniero Carrillo, gerente de la planta, me dio la primera lección. Llegó a iniciar su jornada laboral unos minutos antes de las 8:00 de la mañana. Se encajó un overol y en las bolsas traseras acomodó un puño de estopa. Luego tomó una caja de herramientas en cada mano y dijo: “¡Vámonos!”. Me ofrecí a ayudarle y me dijo: “Tú no eres mi ayudante, toma esa caja de herramientas, es la tuya”. Luego, ya avanzado el turno, me preguntó: “¿Estuviste antes en otra empresa, en prácticas?”. Le contesté que no. Agregó: “Nosotros hacemos la mitad de la carrera mediante cursos teóricos y la otra es práctica. Cuando terminamos, vamos directo a trabajar, no a aprender”. Muy diferente a México, donde los estudios fueron de teoría, combinados con algunas prácticas en los laboratorios de la escuela.
El ingeniero danés, cuando llegó a Torreón, ya había andado en varios países instalando hornos de cemento. Hablaba cuatro o cinco idiomas. Rondaba los treinta y tantos años. Era muy disciplinado. A las 2:00 de la tarde dejaba de trabajar y regresaba para reanudar la jornada a las 4:00 de la tarde, y terminaba puntual a las 6:00 de la tarde. Nunca se quedaba tiempo extra; todo su trabajo lo tenía planificado. Ni llegaba antes ni se iba después.