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Radar Inteligente
Vanguardia 27 Mar, 2026 05:00

El rey danés llamó a la unidad, valoró los lazos familiares y la resiliencia ante tiempos difíciles

El primer día que inicié mis prácticas profesionales en Cemex, el ingeniero danés con el que me asignó el ingeniero Carrillo, gerente de la planta, me dio la primera lección. Llegó a iniciar su jornada laboral unos minutos antes de las 8:00 de la mañana. Se encajó un overol y en las bolsas traseras acomodó un puño de estopa. Luego tomó una caja de herramientas en cada mano y dijo: “¡Vámonos!”. Me ofrecí a ayudarle y me dijo: “Tú no eres mi ayudante, toma esa caja de herramientas, es la tuya”. Luego, ya avanzado el turno, me preguntó: “¿Estuviste antes en otra empresa, en prácticas?”. Le contesté que no. Agregó: “Nosotros hacemos la mitad de la carrera mediante cursos teóricos y la otra es práctica. Cuando terminamos, vamos directo a trabajar, no a aprender”. Muy diferente a México, donde los estudios fueron de teoría, combinados con algunas prácticas en los laboratorios de la escuela.

El ingeniero danés, cuando llegó a Torreón, ya había andado en varios países instalando hornos de cemento. Hablaba cuatro o cinco idiomas. Rondaba los treinta y tantos años. Era muy disciplinado. A las 2:00 de la tarde dejaba de trabajar y regresaba para reanudar la jornada a las 4:00 de la tarde, y terminaba puntual a las 6:00 de la tarde. Nunca se quedaba tiempo extra; todo su trabajo lo tenía planificado. Ni llegaba antes ni se iba después.

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