La aparente contradicción entre la contundencia de Trump en otros escenarios y su prudencia ante Pyongyang tiene una explicación esencial: Corea del Norte ya dispone de una capacidad nuclear consolidada. No se trata únicamente de un programa en desarrollo, sino de un arsenal diseñado precisamente para garantizar la supervivencia del régimen.
Eso cambia por completo el cálculo militar. Una operación contra Kim Jong-un no podría plantearse como una intervención limitada sin asumir el riesgo de una respuesta contra Corea del Sur, Japón o las fuerzas estadounidenses desplegadas en la región.
Además, el régimen norcoreano ha construido durante décadas una infraestructura militar profundamente protegida. Instalaciones subterráneas, sistemas móviles y posiciones ocultas dificultan la posibilidad de neutralizar de un solo golpe sus capacidades estratégicas.
Washington tampoco puede ignorar a Seúl, Pekín y Moscú
La península coreana tiene otro elemento diferencial: cualquier conflicto afectaría inmediatamente a Corea del Sur. Seúl se encuentra a escasa distancia de la frontera y una escalada podría tener consecuencias devastadoras para su población y para la economía regional.
Por eso, la reducción de determinadas maniobras militares estadounidenses con Corea del Sur ha generado inquietud en el aliado asiático. Trump sostiene que los ejercicios tienen un elevado coste y que pueden aumentar innecesariamente la tensión con Pyongyang, mientras insiste en que mantiene una relación positiva con Kim.
El problema se amplía al mirar el mapa. Corea del Norte comparte frontera con China y Rusia, dos potencias que tienen intereses directos en impedir un cambio brusco del equilibrio regional. Los vínculos de Pyongyang con Moscú se han estrechado además en los últimos años, mientras Pekín continúa considerando la estabilidad de la península una cuestión estratégica. En ese escenario, una guerra tendría un potencial de expansión muy superior al de una operación limitada en Oriente Medio.
La alternativa que gana peso: negociar para reducir el riesgo
La experiencia de los últimos años también ha modificado el debate en Washington. La exigencia de una desnuclearización inmediata de Corea del Norte se enfrenta a una realidad: Kim considera sus armas nucleares una garantía de supervivencia y no parece dispuesto a renunciar a ellas simplemente por presión exterior.
De ahí que cobre fuerza una estrategia más pragmática: limitar las pruebas, reducir el riesgo de accidentes militares, mantener abiertos los canales diplomáticos y buscar acuerdos parciales que impidan que el arsenal siga creciendo sin control.
Trump ya demostró durante su primer mandato que está dispuesto a reunirse directamente con Kim. Aquellas cumbres no produjeron un acuerdo definitivo, pero dejaron abierta una vía que podría recuperar protagonismo.
La paradoja es evidente. Precisamente porque Corea del Norte representa una amenaza tan grave, Washington tiene menos margen para utilizar la fuerza. Kim Jong-un sabe que su arsenal nuclear no le hace invulnerable, pero sí eleva enormemente el coste de cualquier intento de derribar su régimen.
Por eso, mientras Trump puede mostrar músculo en otros escenarios, frente a Pyongyang el cálculo es mucho más frío: la amenaza norcoreana no es menor; es demasiado peligrosa como para tratarla de la misma manera. @mundiario