La tragedia provocada por las inundaciones repentinas y los deslizamientos de tierra en Nepal y el Tíbet todavía está lejos de haber terminado. Cuando los equipos de emergencia intentaban aprovechar las primeras ventanas de estabilidad para localizar supervivientes y recuperar cadáveres, un nuevo corrimiento de tierra detectado en territorio tibetano volvió a cambiar las condiciones sobre el terreno. La aparición de otra barrera natural en el cauce ha obligado a retirar a parte del personal desplegado cerca del paso fronterizo de Gyirong y ha reactivado el temor a una nueva crecida.
El problema ya no consiste únicamente en buscar a quienes fueron arrastrados por la primera riada. Ahora los rescatistas deben hacerlo en un territorio que continúa transformándose.
El nuevo episodio fue detectado mediante drones de vigilancia durante la noche del sábado al domingo. Según las autoridades chinas, un desprendimiento de una ladera situado aproximadamente 2,8 kilómetros aguas abajo de la primera represa natural provocó una acumulación de materiales que bloqueó parcialmente el cauce.
Detrás de esa nueva barrera comenzó a acumularse agua. Una masa de tierra, rocas y sedimentos puede actuar temporalmente como una presa improvisada. Mientras el agua continúa llegando desde aguas arriba, el nivel aumenta hasta que encuentra una vía de escape. Si la barrera se erosiona o colapsa de forma repentina, toda esa energía acumulada puede transformarse en una nueva avenida torrencial, capaz de arrastrar árboles, vehículos, rocas y estructuras que encuentre a su paso.
Por eso las autoridades chinas ordenaron retirar hacia zonas seguras a los equipos que trabajaban cerca de Gyirong. La decisión puede parecer un retroceso en las operaciones de búsqueda, pero responde a una lógica elemental de seguridad: un rescate no puede convertirse en una segunda emergencia con más víctimas entre los propios rescatistas.
Los drones continúan vigilando tanto la nueva acumulación como la primera represa natural formada después de la catástrofe.
La primera presa natural ya se había vaciado
La nueva amenaza aparece después de que las autoridades chinas comunicaran que la primera barrera natural estaba prácticamente vacía y que el río había recuperado un flujo considerado "normal". Eso había permitido contemplar una reanudación progresiva de las operaciones de búsqueda. Sin embargo, el terreno devastado por la primera riada permanece extremadamente inestable. Los desprendimientos secundarios son uno de los riesgos más difíciles de controlar porque pueden producirse incluso después de que haya disminuido el caudal principal.
La sucesión de acontecimientos explica por qué la emergencia continúa semanas después del episodio inicial. No existe una línea clara entre inundación, deslizamiento y operación de rescate: cada fenómeno puede desencadenar el siguiente.
Los balances han variado durante las últimas horas debido a la dificultad de localizar e identificar a las víctimas. Las cifras proporcionadas por Nepal y China sitúan la magnitud de la tragedia en cientos de fallecidos y más de 3.000 desaparecidos, aunque los recuentos continúan actualizándose.
En Nepal, la autoridad de gestión de desastres ha informado de centenares de muertos y 2.498 desaparecidos en uno de los últimos balances citados. China, por su parte, ha comunicado 16 fallecidos y 546 desaparecidos en el Tíbet.
Entre los desaparecidos hay trabajadores de proyectos hidroeléctricos, ciudadanos nepaleses y numerosos extranjeros que se encontraban en la región por motivos laborales, turísticos o religiosos.
La propia recuperación de los cuerpos constituye una operación compleja. La Policía de Nepal ha explicado que muchos restos han aparecido mutilados, fragmentados o después de permanecer varios días bajo barro y agua. En estas circunstancias, la identificación visual deja de ser suficiente y adquieren especial importancia las pruebas de ADN y los procedimientos forenses.
El terreno se ha convertido en otro enemigo para los equipos de rescate. En esta crisis, la dificultad no radica únicamente en localizar a los supervivientes, sino en que las infraestructuras indispensables para llegar hasta ellos han desaparecido en muchos puntos. La destrucción de puentes de hormigón y pasarelas colgantes ha dejado a numerosas comunidades completamente aisladas a ambos lados de los ríos. Aunque algunas carreteras permanecen parcialmente operativas, muchas otras necesitan reparaciones urgentes antes de poder soportar el tránsito de los vehículos pesados de emergencia.La autopista Prithvi, una de las principales vías para abastecer Katmandú de alimentos, combustible y otros productos, continúa siendo estratégica. Cualquier interrupción prolongada amenaza con convertir una catástrofe natural en un problema logístico de mayor duración.
En las zonas afectadas, la escena sigue siendo la de una infraestructura básica desaparecida: viviendas enterradas en sedimentos, vehículos atrapados, postes eléctricos retorcidos y campos agrícolas parcialmente arrastrados por el agua.
Y mientras los habitantes intentan recuperar sus pertenencias, las autoridades les piden que permanezcan preparados para evacuar nuevamente.
Las alertas se multiplican mientras crece el desconcierto
El domingo se enviaron alertas de crecida a los teléfonos móviles tras detectarse un aumento del caudal del río Bhotekoshi, lo que llevó a las autoridades nepalesas a elevar el nivel de vigilancia en varios distritos afectados. Si bien este tipo de sistemas de alerta es imprescindible, también pone de manifiesto uno de los dilemas más difíciles de gestionar en una emergencia prolongada: cuando las advertencias se repiten consecutivamente durante días, la población corre el riesgo de experimentar fatiga y confusión, reduciendo la efectividad de las medidas de evacuación.Los testimonios recogidos sobre el terreno reflejan esa situación. Vecinos que ya han evacuado varias veces reciben nuevas advertencias y deben decidir si abandonan otra vez lo poco que han conseguido conservar. La aparición de una nueva presa natural demuestra que el paisaje sigue cambiando y que una zona aparentemente estabilizada puede volver a convertirse rápidamente en un lugar peligroso.
Uno de los puntos más críticos de la emergencia continúa siendo el complejo hidroeléctrico de Trishuli 3A, donde se teme que más de un centenar de trabajadores permanezcan atrapados en los túneles. Ante esta situación, el Ejército nepalí consiguió introducir una tubería en una de las galerías para comenzar a suministrar aire al interior. Con esta maniobra, el objetivo prioritario es crear una vía de acceso que permita comprobar si todavía existen supervivientes y, posteriormente, introducir a los equipos de rescate. Cabe destacar que los operarios de estas instalaciones representan una parte considerable de los desaparecidos en la tragedia, ya que las autoridades han contabilizado a 933 trabajadores del sector entre quienes aún no han sido localizados.La operación requiere maquinaria especializada, equipos para rescates subterráneos y tecnología capaz de detectar personas bajo grandes cantidades de tierra y escombros. India ya ha enviado un equipo especializado para evaluar las posibilidades de rescate en túneles.
Ahora aparecen los efectos secundarios: deslizamientos, nuevas presas naturales, interrupciones de carreteras, aislamiento de comunidades y riesgo de nuevas inundaciones.
Los científicos han advertido además de que todavía es prematuro atribuir este episodio concreto de forma directa al cambio climático. Al mismo tiempo, existe preocupación por la creciente vulnerabilidad de los glaciares y de las regiones montañosas del Himalaya ante el aumento de las temperaturas. @mundiario