La reforma electoral de Sheinbaum no fracasó por falta de votos ni por la oposición en las calles. Fracasó antes: Confundieron propaganda con debate, debate con ruido, aliados con súbditos. Lo que debió ser materia de un vigoroso debate público se convirtió en un inverosímil acto de propaganda. Habermas lo reconocería como erosión de la esfera pública; Gramsci, como la impostura de una hegemonía que ya no convence pero aún sabe silenciar.
El riesgo que tanto Habermas como Gramsci identifican no es la represión ni la censura, es algo más sutil: El consentimiento pasivo, ciudadanos que aceptan sin deliberar porque los espacios de deliberación están ocupados por el ruido oficial. No hubo debate parlamentario -sólo trámite. En México eso tuvo rostros concretos: Legisladores que votaron sin leer, analistas que midieron sus palabras, medios que cubrieron el proceso sin interrogar el fondo. La hegemonía no necesita censura cuando logra que la duda parezca deslealtad.
La erosión de la esfera pública tiene un costo concreto: Convierte ciudadanos críticos en consumidores pasivos. Las redes sociales aceleraron ese proceso -las cámaras de eco fragmentan, polarizan y disuelven el consenso mínimo que hace posible una nación. Cuando ese piso común desaparece, el espacio no queda vacío: Lo ocupa el populismo, que prospera exactamente donde el debate racional ha sido desplazado por la emoción administrada.
No es accidental la erosión que observamos, ni es súbita. Nos enfrentamos a un proceso deliberado: La construcción gramsciana de una nueva hegemonía por parte de un grupo que hoy detenta el poder y que aspira a reinstalar la dictadura perfecta -el control sin represión visible, el estatismo como modelo y la democracia como escenografía. El consentimiento pasivo no es un efecto secundario de su proyecto. Es el objetivo.
Las contradicciones del proyecto oficialista se acumulan y ya no caben en el relato. México es una economía abierta que depende del comercio internacional, inversión extranjera y libre flujo de capitales -todo lo que el discurso hegemónico del régimen desprecia en público y necesita en privado. Las finanzas públicas no alcanzan para sostener los programas sociales sobre los que se finca la popularidad del Gobierno. La inversión privada se retrae ante el desmantelamiento del Poder Judicial. Los compromisos multilaterales en materia de derechos humanos no desaparecen por decreto. Y la relación con Estados Unidos se deteriora ante un crimen organizado que el Gobierno no puede -o no quiere- enfrentar. La hegemonía resiste mientras el relato aguanta. La pregunta es hasta cuándo. El mercado laboral dio en febrero una señal ambigua: Tras siete meses de caída 594,288 empleos recuperados según Inegi, insuficientes aún para compensar los perdidos en enero. El dato importante es otro: 55% de informalidad laboral sin políticas serias de incorporación a la formalidad. Mientras Sheinbaum opera con la estrategia del avestruz, la crisis que se acumula en silencio es doble -pensiones no contributivas que el Estado no podrá sostener y una promesa de salud universal que choca contra la realidad hacendaria. El relato resiste. Las matemáticas, no. Esta semana Banco de México redujo su tasa objetivo 25 puntos base para ubicarla en 6.75% -decisión controversial ante una inflación al alza de 4.63% en la primera quincena de marzo. El debate entre analistas sobre la pertinencia es legítimo, pero el debate que importa es otro: La independencia de Banxico ante la captura sistemática de los contrapesos institucionales. Basta recordar a Echeverría proclamando que “la economía se maneja desde Los Pinos” para reconocer la nueva versión del mismo principio: Hoy se maneja desde la mañanera. Cambia el escenario. No cambia la lógica.
En pocos años pasamos de “pobreza franciscana”, el combate al huachicol y la promesa de crecer sin deuda, a un déficit fiscal de 4.8% del PIB en 2025 y una inversión pública en su nivel más bajo desde 2008. La distancia entre el relato fundacional y la realidad no podría ser mayor. Las recientes reformas a la Ley Federal de Presupuesto agravan el cuadro: Al excluir programas sociales y servicios de educación, salud y seguridad del gasto corriente estructural, el Gobierno se da margen para gastar discrecionalmente mientras congela inversión. Todo esto ante: Pensiones crecientes y un costo financiero que sube con cada peso de déficit. La promesa era austeridad. El resultado es deuda con narrativa populista.
La esfera pública que Habermas describía como campo de batalla entre intereses privados y poder del Estado no ha desaparecido en México -está disputada. Organizaciones civiles, prensa independiente, academia y ciudadanos que se niegan al consentimiento pasivo siguen ocupando ese espacio. La hegemonía cuenta con el silencio; la democracia, con quienes se niegan a guardarlo.
Gramsci y Habermas coinciden en el antídoto: Ciudadanía que delibera, debate que incomoda, esfera pública que no le debe nada al poder. México tiene aún los ingredientes para construirlo -una sociedad civil que ha demostrado saber movilizarse, una prensa independiente que sobrevive y una oposición que, cuando se lo propone, puede articular argumentos. La reforma pasó. El debate no debe cerrarse con ella. Una democracia que no se discute se erosiona en silencio -y en México ese silencio ya tiene nombre, proyecto y mañanera.
Romper el silencio es un acto de responsabilidad.