Dicen que las grandes tragedias nacionales siempre vienen acompañadas de grandes discusiones... o de grandes distracciones. En Sinaloa, por ejemplo, mientras la violencia se instalaba con toda comodidad, buena parte de la conversación pública parecía dedicada a demostrar que, en realidad, no pasaba nada grave.
Todo comenzó con la captura de “El Mayo”. Hubo tensión, sí, pero después vino una calma curiosa. Luego llegó el 9 de septiembre de 2024, y lo que siguió fue una guerra que no se le ha querido llamar guerra.
Los más optimistas aseguraban que aquello duraría seis meses. Como quien calcula la duración de una obra pública. Dieciocho meses después, la violencia sigue pasando lista todos los días.
Para diciembre de 2024 ya se sentían los primeros síntomas económicos: empresas cerrando, ventas por los suelos, empleos desapareciendo. Era lógico pensar que el presupuesto público para 2025 reforzaría a las instituciones encargadas de seguridad y justicia. Pero en Sinaloa, México y el Mundo la lógica suele ser un accesorio opcional: al presupuesto de la Fiscalía General del Estado se le redujo.
Una estrategia interesante: más violencia, menos recursos. Algo así como combatir incendios retirando agua del cuerpo de bomberos.
Llegó 2025 y la narrativa oficial insistía en que no había nada fuera de lo normal. Mientras tanto, la sociedad terminó en el tercer piso de Palacio de Gobierno rompiendo oficinas. No todos los días la ciudadanía sube tres pisos para expresar tranquilidad.
Los muertos comenzaron a aumentar mes con mes. Pero no todo eran malas noticias: cuando falleció el escritor Mario Vargas Llosa, hubo quien en el Gobierno confesó que se le había “enchinado el cuero”. Un gesto profundamente humano. Lástima que los muertos locales no parecían producir el mismo efecto dermatológico.
Mientras tanto, la vida nocturna intentó reactivarse. Era un intento valiente por recuperar la normalidad... que los grupos armados interpretaron como una provocación logística. Poco después comenzaron a aparecer personas por partes. Literalmente.
En paralelo, una parte del sector empresarial se sumó al programa de apoyo para los negocios afectados que lanzó la Secretaría de Economía. Apoyos que, según algunos comerciantes, alcanzaban aproximadamente para pagar la luz de un mes. Algo es algo, diría el optimista profesional. Sabemos que Schopenhauer no fue.
En medio del debate apareció una verdad incómoda, dicha con toda claridad por la economista Cristina Ibarra: “mientras no haya seguridad no hay reactivación económica”. Apareció Maslow: primero la seguridad, luego todo lo demás. Pero en Sinaloa parecíamos empeñados en intentar la pirámide al revés.
Los cierres de empresas continuaron. Los empleos siguieron desapareciendo. Y entre noticias nacionales e internacionales, el estado parecía desvanecerse del radar público. Como si la violencia local compitiera en desventaja contra el algoritmo.
Llegó entonces la discusión del presupuesto 2026. Empresarios como Martha Reyes, de Coparmex Sinaloa, la Intercamaral de Culiacán y Alberto Coppel propusieron algo extravagante completamente fuera del pensamiento lógico: duplicar el presupuesto para seguridad. La idea resultó tan provocadora que el último incluso terminó desacreditado públicamente.
Mientras tanto, la realidad seguía acumulando estadísticas.
Después de 17 meses y más de 10 mil vehículos robados, no fueron los legisladores quienes impulsaron soluciones. Fueron organismos empresariales quienes presentaron una iniciativa para que las víctimas de robo no tengan que pagar grúa ni corralón cuando recuperen su automóvil.
Y así llegamos a un punto curioso de la historia reciente de Sinaloa: hay ciudadanos que encuentran más esperanza en comunicados no oficiales atribuidos a los grupos armados antagónicos que en los informes institucionales. Cualquier mensaje parece más convincente que el silencio.
El saldo desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 10 de marzo de 2026 no necesita adornos literarios:
- 2,955 homicidios dolosos
- 3,488 personas privadas de la libertad
- 10,086 vehículos robados
- 3,352 personas detenidas
- 170 personas abatidas
Han pasado 18 meses de la guerra que no es guerra. Los sinaloenses han aprendido a celebrar navidades entre balas y pijamadas, y seguir trabajando aunque la incertidumbre acompañe cada trayecto.
Tal vez el próximo capítulo de este episodio sinaloense en salsa verde pueda dedicarse, por fin, a algo radical: poner la seguridad en el centro de la conversación.
Saludos a quienes leyeron a Marco A. Almazán.