En política, como en la vida, las disputas más enconadas no siempre provienen del adversario, sino del propio círculo cercano. Y eso es justamente lo que hoy ocurre en el seno de Morena, donde las tensiones internas han dejado de ser susurros para convertirse en un estruendo público que revela la lucha descarnada por el poder.
La reciente andanada de epítetos lanzada por Félix Salgado Macedonio contra la dirigente nacional del partido, Luisa María Alcalde, es apenas la punta del iceberg. El senador guerrerense no solo la señaló como promotora del discurso antinepotismo dentro del oficialismo, sino que, en una aparente contradicción, la acusó de practicar exactamente lo que dice combatir: “tener a toda su familia en el poder”, y en buena parte tiene razón el guerrerense.
Más allá de lo anecdótico o de las acusaciones, lo que subyace en este episodio es una disputa mucho más profunda. Morena, que durante años logró mantener una narrativa de unidad en torno a un proyecto político, enfrenta hoy las inevitables fracturas de un movimiento que se convirtió en maquinaria electoral dominante. Y cuando el poder se concentra, también se multiplica el apetito por conservarlo o expandirlo.
No es para menos. En el horizonte inmediato se encuentran 17 gubernaturas en juego, además de diputaciones federales, congresos locales, ayuntamientos y una larga lista de cargos de elección popular. Se trata de una “manzana” política demasiado apetecible como para no provocar tensiones incluso entre quienes comparten bandera.
En ese contexto, las acusaciones cruzadas dejan de ser meros desacuerdos ideológicos para convertirse en estrategias de posicionamiento. Cada grupo, cada liderazgo regional, cada figura con aspiraciones, busca asegurar su lugar en la mesa antes de que se repartan las candidaturas. Y en ese reparto, la lealtad suele ser un valor relativo frente a la ambición.
A ello se suma el reciente episodio que algunos ya califican como una “rebelión en la granja” por parte de los aliados de la 4T, el Partido del Trabajo y el Partido Verde. Lo ocurrido con la sublevación por aprobar la reforma electoral en sus dos versiones A y B, dejó mal parada a la presidenta, evidenciando que la disciplina en el bloque oficialista no es tan sólida como se presume. Los aliados, lejos de actuar como simples acompañantes, han comenzado a mostrar músculo propio y a exigir su parte del pastel.
Así, en las próximas semanas seremos testigos de nuevos “agarrones” dentro del oficialismo. No será extraño ver descalificaciones, rupturas y escisiones de última hora. Es el juego político en su estado más puro y más burdo: negociación, presión y, en muchos casos, confrontación abierta.
Frente a este escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta “la tormenta perfecta” desde que asumió el cargo. No se trata solo de gobernar el país, sino de ejercer liderazgo efectivo sobre un movimiento amplio, diverso y, en muchos casos, indisciplinado. Imponer jerarquía no es sencillo cuando buena parte de las estructuras políticas aún responden, directa o indirectamente, a la figura de Andrés Manuel López Obrador.
Ese es otro de los factores que complican el panorama. Aunque formalmente retirado del poder, el expresidente mantiene una influencia significativa dentro de Morena. Muchos cuadros políticos le deben su carrera, su posición y su lealtad. Y esa dualidad de liderazgos puede convertirse en un factor de tensión si no se maneja con cuidado.
A este entorno interno crispado se suma un contexto internacional igualmente complejo. En Estados Unidos, el clima político se encuentra en plena efervescencia. Donald Trump, ante una caída en las encuestas, buscará reposicionarse mediante una estrategia conocida: la confrontación. Y en ese guion, México suele ocupar un lugar central.
Las acusaciones contra el gobierno mexicano, al que ha calificado como timorato, por decirlo de forma elegante, frente a los cárteles de la droga, no son nuevas, pero podrían intensificarse conforme avance el proceso electoral estadounidense. La tentación de utilizar a México como blanco político es alta, especialmente cuando se busca movilizar a ciertos sectores del electorado.
Esto coloca a la presidenta mexicana en una posición particularmente delicada. Por un lado, debe atender los desafíos internos de su partido y mantener la cohesión del movimiento, además, claro está, de gobernar un país que enfrenta innumerables retos. Por otro, necesita manejar con firmeza y prudencia la relación con su contraparte estadounidense, evitando caer en provocaciones, pero sin mostrar debilidad.
La tarea no es menor. Implica tomar decisiones difíciles, marcar límites claros y, en algunos casos, incomodar a actores que han sido aliados históricos. También supone enviar señales de autoridad, tanto hacia dentro como hacia fuera.
En este contexto, la presidenta debe tomar al toro por los cuernos. No solo en la conducción del país, sino en la definición del rumbo político de su movimiento.