El conflicto armado en Medio Oriente no tendrá ganador. Lo que existen son perdedores, y esa condición involucra a todos los países del mundo. Israel y Estados Unidos (EU) atacaron a Irán, al parecer, sin un plan de acción militar claro ni mecanismos de negociación política que les permitieran, al menos en el papel, presentarse como vencedores de una guerra que iniciaron de forma unilateral y al margen del derecho internacional. Su objetivo era atacar a Irán, eliminar a sus mandos militares, científicos y al líder supremo de la república islámica, con la intención de propiciar un cambio de régimen.
En 2025, EU participó en bombardeos dirigidos a instalaciones nucleares iraníes, bajo el argumento de limitar el desarrollo de armamento nuclear. Estas acciones fueron presentadas por el gobierno estadounidense como logros estratégicos. No obstante, en 2026 se registraron nuevos ataques conjuntos que derivaron en una respuesta directa de Irán, mediante el uso de misiles y drones contra territorio israelí. La información disponible sobre los daños ocasionados es limitada y, en algunos casos, contradictoria, debido al control informativo en contextos de conflicto.
A medida que la confrontación evoluciona, se observa un incremento en la complejidad operativa y en el uso de tecnologías militares avanzadas. Los costos materiales y económicos son significativos, pero también lo son los efectos sociales y humanitarios. Al mismo tiempo, los mercados energéticos y financieros reflejan la incertidumbre derivada del conflicto, lo que evidencia su impacto global.
Un elemento relevante es la posible expansión del conflicto hacia países del Golfo Pérsico aliados de EU. Esta dimensión introduce nuevas variables en el desarrollo de la confrontación y en las eventuales negociaciones. Infraestructuras estratégicas como instalaciones petroleras, de gas y plantas desalinizadoras podrían convertirse en objetivos en un escenario de escalada, lo que tendría implicaciones directas para países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Bahréin, particularmente por su dependencia de recursos hídricos y de importación de alimentos.
Si EU e Israel continúan destruyendo la infraestructura iraní, la respuesta persa podría escalar hacia la afectación de plantas desalinizadoras de sus aliados. Adicionalmente, si Irán decide cerrar el estrecho de Ormuz, se puede detonar una crisis alimentaria en la región; sin agua no es posible la producción agrícola autosuficiente. Estas dos alternativas son parte de la preparación de Irán para defenderse de dos potencias militares. Romper las defensas aéreas de Israel, mantener el control del estrecho de Ormuz y la posibilidad de destruir las plantas desalinizadoras modifican el desenlace de la guerra.
En términos militares, Irán ha desarrollado capacidades en drones y misiles que le han permitido responder de manera asimétrica a los ataques de 2025 y desde febrero de 2026. A esto se suma el respaldo estratégico de aliados como China y Rusia, lo que influye en el equilibrio regional. Paralelamente, el conflicto también tiene repercusiones en la política interna de los países involucrados y en la cohesión de alianzas internacionales como la OTAN.
La resistencia iraní ha incrementado el desgaste político de Trump. En el orden internacional, carece de credibilidad por romper acuerdos y actuar unilateralmente. Dice que se celebran negociaciones, pero es desmentido de inmediato por los iraníes. Las posibilidades de que el Partido Republicano gane las elecciones intermedias se están complicando.
Finalmente, se contemplan distintos escenarios de escalada, entre ellos la intervención militar en puntos estratégicos como las islas de Kharg y Lavan, donde se concentran recursos energéticos clave de Irán. Cualquier acción en este sentido implicaría costos elevados, incluyendo los económicos, militares y políticos para todos. Irán está dispuesto a pagarlos; China y Rusia están pendientes al apoyo.
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