
Hay algo bien curioso con la Semana Santa: no importa si todo el año la gente está cansada, endeudada, harta de la rutina o nomás sobreviviendo... llegan estos días y de repente se activan como si alguien hubiera gritado: “¡Corre por tu vida!”.
Pero no es por descanso, eh... es por no quedarse fuera del desmadre. El síndrome del “me tengo que ir a huevo”. Porque no es que quieran vacaciones... es que sienten que deberían quererlas. Y ahí los ves: endeudándose para ir a una playa que van a compartir con medio país. Haciendo filas de tres horas para salir de la ciudad. Peleándose por un cuarto de hotel con vista... al estacionamiento. Pagando el triple por una cerveza tibia. Pero felices... o al menos eso dicen en las historias de Instagram.