Roberto Velasco Álvarez tiene 48 horas como secretario de Relaciones Exteriores y debe enfrentar el problema más difícil de la diplomacia mexicana en décadas: Negociar con un gobierno estadounidense que ha decidido que el derecho internacional es un obstáculo, no un marco de convivencia.
Su nombramiento, anteayer, no fue un ascenso de carrera. Fue una apuesta táctica de la presidenta Claudia Sheinbaum. Velasco conoce el terreno: Fue director de Comunicación Social de la SRE durante la primera administración Trump, bajo Marcelo Ebrard, y desde 2020 coordinó la política para América del Norte.
Es el único funcionario mexicano presente en las dos reuniones con Donald Trump -la de AMLO y la de la Presidenta. Sabe que con este presidente estadounidenses la diplomacia no se realiza en los comunicados conjuntos. Se juega minuto a minuto. Su perfil técnico y su bajo impacto mediático son sus mejores herramientas: No le dan a Trump el combustible para una pelea pública que explote en sus desarticulados discursos de 19 minutos, como el que pronunció el miércoles en cadena nacional.
La realidad que Velasco enfrenta es brutal. Trump ha convertido el petróleo texano en bandera nacional. El crudo extraído mediante fracking en Texas y Nuevo México es, en su narrativa, sinónimo de patriotismo y riqueza americana.
Y no es retórica vacía: Cada vez que Trump ataca a Irán o aprieta el bloqueo a Cuba, el precio del barril sube. Hoy ronda los 109 dólares. Sus aliados en Houston y Dallas lo saben perfectamente. Por eso lo apoyan. Para México, esa ecuación es una amenaza directa.
Trump no ve la energía como un bien de consumo. La ve como palanca de dominación. Lo que eso implica para Velasco es incómodo de decir pero necesario: La negociación del T-MEC no será sobre aranceles en abstracto. Será sobre si México acepta subordinar su política energética a los intereses de los productores de petróleo texanos que financian a Trump.
El precio de no alinearse podría ser muy alto. La apuesta de la Presidenta es la predictibilidad como escudo. Mientras Trump genera caos rentable -en Irán, en Venezuela, en Cuba-, México debe ser lo opuesto: El socio confiable, el engrane que no falla.
Velasco tendrá que convencer a los asesores de Trump de algo que debería ser obvio, pero aparentemente no lo es para su jefe: Que desestabilizar México arruinaría las ganancias de los propios productores texanos. El riesgo real es otro.
En un entorno donde Trump desprecia la jerarquía institucional, Velasco podría ser ignorado por completo. Un tuit presidencial a las 11 de la noche dirigido a Claudia Sheinbaum vale más, en términos de presión real, que cien rondas de negociación técnica.
Los halcones del gobierno estadounidense saben que ignorar los canales diplomáticos funciona. Y la relativa juventud del nuevo secretario -38 años- no ayuda: En Washington, la edad todavía se cotiza como peso específico.
Velasco no llega a brillar en foros multilaterales. Llega a contener. Su éxito, si lo logra, será invisible: Una cláusula del T-MEC que no se rompió, una sanción que no se aplicó, una llamada que se tomó a tiempo. Mientras, el mundo arde bajo una presidencia de un hombre que cree que el bienestar de millones es un precio aceptable para su propio ego y dominio.