La fiscala general de Estados Unidos, Pam Bondi, tenía muy claro que sus días estaban contados.
El presidente Donald Trump se había quejado sin reparos, con demasiada frecuencia y ante demasiada gente de su incapacidad para procesar a las personas que detesta. Bondi no cumplía las inflexibles y poco realistas exigencias de Trump de tomar represalias contra sus enemigos. Había cometido error tras error en su gestión de los archivos del caso Epstein. Sus críticos eran cercanos al presidente.
El mes pasado, Bondi comentó a una de sus amistades que la disposición de Trump a despedir a Kristi Noem de su puesto de secretaria de Seguridad Nacional significaba que ella también podría estar en peligro.
Pero Bondi no esperaba que Trump, el hombre responsable de elevarla a uno de los puestos más poderosos de Estados Unidos, bajara el telón tan pronto, según cuatro personas familiarizadas con la situación.
El miércoles, Bondi, de 60 años, cabizbaja pero decidida, acompañó a Trump en un sombrío viaje por carretera hasta la Corte Suprema, donde asistieron a los alegatos en el caso de la ciudadanía por derecho de nacimiento. En el coche, Trump le dijo que había llegado la hora de un cambio en la cúpula del Departamento de Justicia.
Bondi esperaba salvar su puesto o, como mínimo, ganar algo más de tiempo —hasta el verano— para tener una salida airosa.
No consiguió ni lo uno ni lo otro y, el miércoles, se puso sentimental en conversaciones con amigos y colegas cuando se dio cuenta de que estaba fuera. A la mañana siguiente, Trump lo hizo oficial y la despidió a través de una publicación en las redes sociales.
La precipitada caída de Bondi puso al descubierto una verdad fundamental del segundo mandato de Trump: la lealtad, la adulación y la obediencia son requisitos previos para el poder, pero no proporcionan una protección duradera frente a un presidente empeñado en llevar a cabo sus objetivos personales y políticos maximalistas.
Bondi dio una serie de pasos en falso y fracasó en su comunicación, sobre todo en su gestión de la publicación de los archivos de la investigación sobre Jeffrey Epstein.Credit...Doug Mills/The New York Times
Bondi, según reconocieron incluso sus aliados, fue en gran parte responsable de haberse puesto en una posición vulnerable. Sus turbulentos 14 meses se caracterizaron por una serie de pasos en falso y errores de comunicación que alienaron cada vez más a los republicanos del Capitolio.
Su despido se produjo aproximadamente dos semanas antes de que tuviera que comparecer ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes para declarar bajo juramento sobre su actuación en el caso Epstein.
Pero el mayor peligro, como Bondi sabía mejor que nadie, procedía de Trump, a quien colmó de elogios desmesurados y, en ocasiones, caricaturescos.
Pero mientras ella se deshacía en elogios, él se enfurecía.
Trump se ha mostrado especialmente enfadado por el fracaso del Departamento de Justicia a la hora de ganar casos en los que estaban implicados sus oponentes políticos, entre ellos contra el exdirector del FBI James B. Comey y la fiscala general de Nueva York, Letitia James.
Según personas familiarizadas con la situación, un asesor clave de Trump, ajeno a la línea de autoridad de Bondi, el funcionario federal de vivienda Bill Pulte, llevaba tiempo presionando para que la despidieran, culpándola, entre otras cosas, de la lentitud y la mala gestión de los casos de James y Comey.
Personas cercanas a Bondi, y algunos funcionarios del gobierno, dijeron también que Boris Epshteyn, asesor jurídico de Trump desde hace mucho tiempo, era un detractor clave de Bondi y un factor significativo en la decisión de Trump de tomar esa medida.
Ni Pulte ni Epshteyn respondieron inmediatamente a las solicitudes de comentarios.
A la aliada más importante de Bondi en el ala oeste, la jefa de personal Susie Wiles, le resultaba cada vez más difícil defender a la mujer a la que llamaba su “hermana”. No obstante, defendió apasionadamente a Bondi hasta el final, según los funcionarios.
En las últimas semanas, Bondi intentó apuntalar su posición al actuar más agresivamente contra los objetivos de investigación señalados por Trump, entre ellos el exfuncionario de Obama John O. Brennan y una exayudante de la Casa Blanca, Cassidy Hutchinson, a quien el presidente ha acusado de mentir sobre sus acciones el 6 de enero de 2021, según funcionarios informados al respecto.
No está del todo claro si alguna acción o acontecimiento concreto inclinó finalmente la balanza para Trump, quien se había mostrado reacio a despedir a altos funcionarios para evitar repetir la caótica rotación de personal de su primer gobierno.
Pero con el despido de Noem y ahora de Bondi, eso podría cambiar. Su cálculo parece haberse alterado tras la rápida confirmación de Markwayne Mullin como sustituto de Noem. Ahora, los aliados de Trump ven a Lori Chavez-DeRemer, la asediada secretaria de Trabajo, como una posible candidata para ser la próxima secretaria del gabinete en resultar destituida.
Después de que Trump anunciara el jueves el despido de Bondi en Truth Social, y dijera que “pasará a un nuevo trabajo muy necesario e importante en el sector privado”, ella dijo que servir al presidente había sido “el honor de su vida”.
El presidente dijo que el adjunto de Bondi, Todd Blanche, la sustituirá en funciones. Pero también ha barajado la idea de colocar en el puesto a Lee Zeldin, administrador de la Agencia de Protección del Medio Ambiente.
Zeldin, excongresista republicano por Nueva York que se presentó sin éxito a las elecciones a gobernador, ha sido uno de los colaboradores más fiables de Trump.
“Es nuestra arma secreta”, dijo Trump de Zeldin en febrero en un acto en la Casa Blanca para promocionar la industria del carbón.
Pero dadas las razones del despido de Bondi, quien la reemplace de forma permanente se enfrentará a la monumental tarea de satisfacer el deseo de venganza de Trump.