¿Somos buenos o malos por naturaleza? Es la clásica pregunta a la que me remontaba, en la entrega anterior, el descarnado e inhumano hecho del asesinato de un infante de apenas poco más de un año, a manos de su propia madre. Para variar, un hecho brutal más acaecido en nuestra localidad, golpeada profundamente por fenómenos tan degradantes como este. Esa pregunta ha sido persistente en el devenir de la historia, y lo ha sido por razones obvias y manifiestas: la violencia de unos contra otros es una constante de la humanidad y todo hace parecer que no podemos superarla. La violencia entonces se coloca frente a nosotros como una atávica incógnita cuya respuesta se oculta misteriosamente en lo más oscuro de la condición humana.
Prácticamente en todos los ámbitos de la vida humana, pública y privada, el fenómeno de la violencia se presenta en sus diferentes manifestaciones y en distintos niveles. Hemos tenido que aprender a vivir con ella soportando su crudeza hasta tal punto que hoy hablamos ya, casi de manera conclusiva, de la “normalización de la violencia”. Una tesis que me parece ambigua si no falsa por el solo hecho de que lo “normal” no sorprende, no interpela, no llama la atención, sino que lo tomamos como un elemento más de la cotidianidad, incluso en términos de orientación de nuestro comportamiento. Y si bien la violencia en efecto es también considerada como un recurso, una herramienta, una tecnología que favorece para sacar adelante algún propósito (la guerra es quizá el ejemplo más claro de esto, pero también la amenaza, la extorsión, entre otras variantes), lo todavía esperanzador que resulta de la atmósfera de caos e incertidumbre que suscitan las acciones violentas es precisamente el hecho de que aún sigue sorprendiendo, interpelando o simplemente llamando la atención aunque sea de manera morbosa. Esto es todavía un aliciente porque nos dice, de alguna manera, que la violencia a pesar de persistente su no grata compañía, no es algo normal. Es un fenómeno extraordinario ya no por su novedad sino paradójicamente por su anquilosamiento a través de los siglos.
Una ciudad como la nuestra que viene padeciendo desde hace ya algunas décadas la agudización de la violencia en algunas de sus diferentes manifestaciones necesariamente se formula la pregunta de cómo superar este estadio de acontecimientos violentos. Una cuestión que también se plantea con urgencia en otras regiones de nuestro país. Sin embargo, buscamos alcanzar una respuesta eficiente y resolutiva en una sola dimensión, la política, olvidándonos o ignorando que el fenómeno de la violencia atraviesa toda la condición humana y que por lo tanto no depende sólo de la eficacia de políticas públicas o iniciativas de ley. Tratar de contrarrestar las violencias de esta manera es atacar el problema sólo en sus consecuencias y no en sus causas. Motivo por el cual la violencia es recurrente, persistente, constante e incluso parece tornarse cada vez más recrudescente.
Desde luego, esta reflexión no pretende exponer una propuesta que vaya al fondo de la cuestión, pues cualquier intento sería pretencioso y quizá absurdo, ya que un fenómeno tan complejo como este, quizá el más complejo de todos, no puede encontrar una solución a partir de los mismos elementos que la suscitan. El fenómeno de la violencia no tiene vacuna. Las violencias no son una enfermedad, no son una patología, una disfuncionalidad o una anormalidad. En este sentido creo que hemos errado en el diagnóstico y por lo tanto también en la cura.
¿Qué es entonces la violencia? Si recurrimos a la etimología del término, este viene del latín “vis”, con raíz indoeuropea “wei”, lo cual nos remite a “fuerza”, o bien, a “perseguir algo con vigor”, mientras que el sufijo “olentus” refiere a la “abundancia”. En suma, violencia es en primera instancia la abundancia de fuerza o vigor que se presenta en una acción determinada. El ser violento es pues, principalmente, el actuar con mucha fuerza o con fuerza desmedida. Por lo tanto, la violencia puede considerarse originalmente como una “predisposición”, lo cual tiene sentido cuando la violencia se asume como un recurso o herramienta pensada para el logro de algún objetivo. Acudir a la etimología de la violencia pudiese ser una forma o camino (método) para intentar llegar al conocimiento de su causa o al menos hacernos un poco más conscientes de lo que originalmente es, sin tanta complejidad teórico o científica.
Si la violencia comienza con el uso desmesurado de la fuerza, contrarrestarla, como muchos y muchas afortunadamente todavía deseamos, tiene que ver inicialmente con desmitificar la fuerza como principio de victoria o éxito. En otras palabras, desmontar la tristemente famosa “ley del más fuerte”, revertir lo que los sociólogos y antropólogos llamamos el “darwinismo social” que nos mantiene paradójicamente en un estadio más animalesco que humano. Hoy en pleno periodo de lo que reconocemos secular o religiosamente como Semana Santa, volvemos (pues lo celebramos año tras año) a encontrarnos con la clave de dicha desmitificación de la violencia, del desmontaje de la ley del más fuerte, de la superación de la violencia. La pasión de Cristo radica en la reivindicación de la debilidad como contrarresto del uso de la fuerza para el logro de objetivos humanos. Y la debilidad es una manifestación empírica del amor, pues cuando amamos nos asumimos débiles ante el ser amado, quien al amarnos también es débil ante nosotros. Esta relación entre débiles nos mantiene alejados de la fuerza y su tentación de uso, pues existe armonía de intereses y satisfacción mutua.
La pasión de Cristo busca enseñarnos así que el amor es una relación no de dominio de sí, sino más profundamente, de vencimiento de uno mismo en favor del otro o la otra. Así pues, el amor es la antítesis de la violencia como la debilidad lo es de la fuerza. La Semana Santa, por lo tanto, nos presenta un desafío constante que puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿seremos capaces de admirar la debilidad asumiéndola como una fuerza que no derriba ni destruye, sino que soporta y construye? Como juarenses y por nuestra circunstancia, al menos tenemos que intentarlo empezando por nuestros hogares.