“Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se levanta…” (Secuencia del día de Pascua).
Después de celebrar los días de la Pasión del Señor, la Iglesia ha entrado ya en el tiempo de la Pascua. Aunque los creyentes, siempre que celebramos la liturgia, estamos celebrando la Pascua del Señor, tenemos cincuenta días de fiesta pascual durante el año, en los que celebramos, de manera solemne, que Cristo ha derrotado el pecado y la muerte con su resurrección.
Hemos iniciado este tiempo de gozo con la solemne Vigilia Pascual, durante la noche del sábado al domingo. San Agustín se refería a esta celebración como la “Madre de todas las vigilias”, debido a que, en ella, la Iglesia entera aguarda expectante el momento de la resurrección del Señor, el cual no quedó muerto en el sepulcro, sino que, resucitando, ha destruido la muerte, y de su victoria participamos todos, ya que el Señor resucita para darnos vida eterna. Por lo tanto, en el tiempo de la Pascua somos invitados todos a reavivar nuestra esperanza y fe, pese a las circunstancias de dolor y muerte en las que podemos estar inmersos.
Precisamente, en días pasados hemos sido testigos de algunos acontecimientos dolorosos que han cimbrado nuestra sociedad: el suicidio de Noelia, favorecido por el Estado español (y las circunstancias que la orillaron hacia la terrible decisión de quitarse la vida); el asesinato de dos maestras a manos del joven de 15 años, Osmer; y, el Viernes Santo, fue asesinado frente a la parroquia de Nuestra Señora del Carmen un joven, dejando a los fieles paralizados de miedo. “Ya ni rezar en paz se puede en esta ciudad”, exclamaba frente a mí un amigo que asiste a dicha comunidad. En medio de todo este contexto de mal y de muerte, la resurrección del Señor nos ofrece devolvernos la esperanza, al recordarnos que la victoria definitiva sobre el pecado y el mal pertenece al amor de Dios que comunica vida. Quisiera compartir con ustedes una homilía que prediqué hace un par de años en la Vigilia Pascual; el contexto de aquel entonces era nada más y nada menos que la pandemia de COVID que enfrentamos como humanidad:
Queridos hermanos, hemos comenzado esta Vigilia, la “Madre de todas las vigilias” (s. Agustín), con los impresionantes signos de la oscuridad, el silencio y la luz, que evocan el principio de la creación, cuando, en la oscuridad y en el silencio, en la nada y el vacío, irrumpió la Palabra de Dios que, en un acto de amor, dio vida. En esta noche, en la oscuridad y el silencio de nuestra existencia, de nuestra vida, irrumpe la luz de Cristo resucitado, la Palabra que recrea y hace nuevas todas las cosas.
Las cosas más importantes de la vida ocurren siempre en el silencio, en la noche: la concepción de una nueva vida y su gestación, el crecimiento lento de lo sembrado, el encuentro profundo con uno mismo, con el otro y con Dios. En esta noche santa, la Madre Iglesia se reencuentra con su Esposo y, en este encuentro gozoso, Él la une consigo mismo para formar con ella un solo cuerpo, comunicándole su vida eterna. San Juan de la Cruz, poeta y místico del Siglo de Oro español, ha escrito en su poema “Noche oscura” unos versos que bien pueden aplicarse a esta noche santa: “Oh noche que guiaste, oh noche amable más que la alborada, oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada...”.
En la noche del mundo, en el silencio, ha acontecido, por la irrupción de la Palabra de Dios, el milagro de la creación; en la noche Dios le habló al corazón a Abraham, y en la noche del desierto Dios invitó a su amigo Abraham a mirar las estrellas del cielo para establecer con él una alianza de amor, para prometerle que haría de él un gran pueblo; en la noche Dios sacó a su pueblo de Egipto; en la noche salvó a su pueblo al dividir las aguas del Mar Rojo y hacerlo pasar a través de ellas para liberarlo de la esclavitud de Egipto; en la noche nos nace Jesús y, en la noche, después de morir en la cruz, resucita y nos da nueva vida, nos salva definitiva y absolutamente de las garras del pecado; nos saca de los “egiptos” de nuestros vicios, pecados, tristezas y maldades; pacta con nosotros una nueva alianza y hace de nosotros su pueblo; con su resurrección, en la noche, nos ha recreado, nos ha hecho nuevas criaturas.
“¡Qué noche tan dichosa! Solo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo… ¡qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!”. Celebramos ya la Pascua, el “paso”, el salto del Señor de la muerte a la vida, y con Él hemos pasado ya de la muerte del pecado a la vida nueva de los hijos de Dios. Esta vida nueva la hemos recibido en nuestro bautismo; somos el fruto de la resurrección de Jesús y por eso hemos cantado en el pregón pascual que “esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos…”.
La liturgia de la Palabra que hemos escuchado nos narra nuestra historia de salvación, que comienza con el deseo amoroso de Dios de llamarnos a la existencia, de crearnos a su imagen y semejanza y, en Cristo, elevarnos a la dignidad de hijos. Los textos nos muestran que, a pesar del pecado, con el cual el hombre se aleja de Dios, este no renuncia a su proyecto de amor. Dios busca al hombre y quiere restablecer con él una alianza, un pacto, una relación de amor mediante la cual quiere darle vida y libertad plena. En este sentido, hemos escuchado los textos del Génesis que nos narran la creación y la promesa que Dios ha hecho a Abraham.
Abraham es sometido a prueba al pedirle que ofrezca a su único hijo Isaac en sacrificio. Es una prueba de fe, entendida como confianza en Dios; es una prueba en la que se invita a Abraham a considerar, desde la fe, que Dios se mantiene firme en su amor y en sus promesas, más allá de cualquier dificultad o adversidad. De hecho, el hijo de la promesa no es Isaac (aunque sea parte), sino Jesús, el descendiente de Abraham e Hijo único de Dios, que, gracias a la entrega total de su vida, hará que la descendencia de Abraham se multiplique en el nuevo pueblo de Dios que somos todos nosotros.
Dios ama al hombre de manera sincera, total, incondicional y gratuita; por ello se mantiene siempre firme y fiel, libera a su pueblo de Egipto y se muestra como un Dios cercano que acompaña y está siempre con el hombre. Este amor de Dios es tan grande, tan sólido que, pese a las constantes infidelidades del pueblo, se mantendrá fiel. En verdad, Dios es quien es primeramente y siempre el fiel amigo del hombre. No otra cosa nos muestran las lecturas de los profetas que hemos escuchado hoy: a pesar de que el pueblo se aleja de Dios y es infiel por sus idolatrías, Dios sigue siendo fiel, porque nunca deja de amar a su pueblo, porque nunca deja de amar al hombre. Asimismo, a través del relato del sacrificio de Isaac y los textos de los profetas, Dios nos muestra hasta dónde llegará su amor por el hombre: la entrega de su único Hijo para, mediante Él, establecer una alianza, un pacto nuevo y definitivo de amor con el hombre.
En Jesús, Dios se ha desposado con la humanidad, porque podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero el amor de Dios por el hombre jamás desaparecerá. En Jesús hemos recibido el agua viva y el Señor nos ha alimentado con trigo y vino de manera gratuita, porque su amor es gratuito, eterno, y con Él quiere entrar en nuestra vida para llenarnos de verdadera vida. En Jesús, Dios nos ha mostrado que, a pesar de que nos hemos apartado de Él, Él nos espera siempre para abrazarnos, sanar nuestras heridas, enseñarnos su sabiduría; en Jesús, Dios nos ha arrancado nuestro corazón de piedra y nos ha dado un corazón de carne, nos ha sacado de los sepulcros de nuestros vicios, pecados, egoísmos y maldades, y nos ha devuelto a la tierra de donde el pecado nos desterró.
Todo ello Dios lo ha hecho a través de Jesús, que se ha hecho hombre, que ha padecido, muerto y resucitado por nosotros. Jesús nos ha entregado su vida y nosotros la hemos recibido en el bautismo; por eso, en esta celebración, renovaremos nuestro bautismo, nuestro deseo de vivir como hijos de Dios; renovaremos nuestro “sí” a Dios y nuestro “no” al pecado, al egoísmo, a las obras de muerte. Renovaremos nuestra confianza, nuestra fe en Jesús y en su amor, que es más fuerte que la muerte.
Jesús verdaderamente ha resucitado; sí, la muerte no le venció, el sepulcro no pudo contenerlo. Somos invitados a no buscar en los sepulcros de nuestras vidas, de nuestras casas, de nuestras iglesias y comunidades a un muerto, a un cadáver; no, Jesús está vivo, y, al igual que las mujeres del Evangelio del día de hoy, somos invitados a ser testigos de la Resurrección, de que Jesús está vivo, de que nos ha dado nueva vida, de que la muerte ha sido vencida y todos somos llamados a la vida eterna. Para ello, no podemos seguir buscando a Jesús pensando que nos encontraremos con un cadáver, con un hombre extraordinario del pasado; no, Jesús está vivo, y podemos y debemos encontrarnos con Él en la Galilea de esta cuarentena, en la Galilea de los sacramentos, en la Galilea de la oración, en la Galilea del hermano y en la Galilea de nuestra vida, allí donde todo comenzó, donde nuestra historia de amor con Dios inició.
Hoy, más que nunca, necesitamos ser testigos de que Jesús está vivo, de que el mal, la enfermedad, el pecado y la muerte no tienen la última y definitiva palabra. Al término de esta Vigilia, al salir por esas puertas, queridos hermanos, nos espera el mundo, la realidad que estamos viviendo y que no ha cambiado: seguimos asolados por esta pandemia, seguimos muriendo y nuestra vida pende siempre, frágilmente, de un delgado hilo. Somos asolados y asediados por tantas cosas, pero nosotros, ¿saldremos siendo los mismos? No, no podemos seguir siendo los mismos. Jesús está vivo y nosotros nos hemos encontrado con Él; le hemos visto en la Galilea de esta Eucaristía, porque “esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo…”.