¿QUIÉN COMPRA BOTAS VAQUERAS EN LA PLAYA?
*El Acapulco que algún día fue semillero y trampolín de los negocios
Estaba viendo el podcast Cracks de Oswaldo “Oso” Trava cuando Fernando Cuadra, el empresario leonés que hoy le vende botas a Taylor Swift y Christian Nodal, contó algo que me detuvo en seco. Lo que le sorprendió de Carlos García, dueño de Botas Moy en Acapulco, no fue que tuviera un buen negocio de pieles. Fue que lo tuviera en la playa. ¿Quién compra botas vaqueras en traje de baño, con calor, mirando el mar? La respuesta, que García le regaló como si fuera obvio, lo cambió todo: “El turismo compra por emoción, no por razón.”
Cuadra abrió su primera tienda en la Costera a principios de los noventa y desde ahí construyó un emporio. No fue el único. La cadena de restaurantes 100% Natural nació en ese mismo puerto en 1980, cuando la familia Álvarez abrió un pequeño local con apenas un par de mesas. Grupo Standex, empresa especializada en congresos y exposiciones, arrancó operaciones en 1993 también en Acapulco. Los tres casos comparten el mismo origen y la misma lógica: una ciudad que en sus mejores años concentraba turismo internacional de alto poder adquisitivo, cruceros, convenciones y visitantes dispuestos a gastar sin calcular demasiado. Era el laboratorio perfecto para probar un concepto de negocio y escalarlo.
Entre 1960 y 1980 Acapulco vivió sus años dorados como destino de primer nivel, atrayendo visitantes extranjeros de alto perfil. Esa inercia todavía alcanzaba en los noventa para que un emprendedor listo encontrara clientes con dólares en la bolsa. Pero el declive ya había comenzado y las causas se acumulaban. La falta de mantenimiento en la infraestructura hotelera, el crecimiento desordenado y la sobreconstrucción fueron deteriorando el destino mientras surgían competidores con algo que Acapulco nunca tuvo: planeación. Cancún, Puerto Vallarta y la Riviera Maya nacieron con políticas públicas específicas y fueron desplazando al puerto guerrerense del mapa internacional. La caída en cruceros —ese flujo de turistas que llegan, gastan rápido y se van con bolsas llenas— fue un síntoma temprano y brutal de esa pérdida. Si en sus mejores años Guerrero aportaba el 9% del PIB turístico nacional, para 2003-2019 esa cifra había caído a apenas el 2%.
A todo lo anterior se sumó lo que nadie quiere nombrar primero pero todos saben: la inseguridad. Hoy nueve de cada diez acapulqueños dependen del turismo para vivir, lo que convierte la violencia en un problema económico inmediato, no solo social. Las marcas inteligentes —Cuadra, 100% Natural, Standex— percibieron las señales y se expandieron a tiempo. Las que no lo hicieron desaparecieron junto con el turismo que las sostenía.
Entonces, ¿qué necesita Acapulco para volver a ser ese semillero? La respuesta incómoda es que no basta con reconstruir lo que había, porque lo que había ya estaba roto antes de Otis. A dos años del huracán el puerto ha recuperado el 82% de su infraestructura hotelera, con más de 16,200 habitaciones en operación, y se anuncian inversiones por más de 50 mil millones de pesos en 62 proyectos turísticos. Eventos como el Abierto Mexicano de Tenis o el regreso del Tianguis Turístico en 2026 apuntan en la dirección correcta. Pero la reconstrucción sigue concentrada en la zona turística, dejando fuera colonias enteras que siguen sin techo, sin drenaje y sin alumbrado público. Una ciudad que crece con esa brecha interna no genera el clima de confianza que necesita un emprendedor para apostar por ella.
Lo que Acapulco necesita, más que hoteles nuevos, es lo que nunca ha tenido: diversificación económica, planeación urbana real y seguridad sostenida, no solo desplegada en la costera para las fotos. El turismo que compra por emoción regresa cuando confía en el lugar. Y esa confianza no se reconstruye con cemento. Se reconstruye con tiempo, con orden y con la certeza de que lo que se edifica hoy no volverá a derrumbarse, ni por un huracán, ni por una bala.
Cuadra aprendió su lección en la Costera y se fue a conquistar el mundo desde León. Ojalá Acapulco aprenda la suya antes de que el próximo empresario listo también decida irse.
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