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El Financiero 06 Apr, 2026 02:17

Trump forever

Desde la época en la que Napoleón Bonaparte comprendió el valor del control narrativo del poder –y en la que figuras como Joseph Fouché perfeccionaron el arte de la manipulación política– es sabido que en toda guerra, como en todo ejercicio de poder, ganar o perder es, ante todo, un problema de percepción. Trump parece atrapado en un laberinto de su propia personalidad. Día tras día insiste en que la guerra está terminada y que la acción devastadora de sus fuerzas ha dejado a Irán no solo debilitado, sino prácticamente sin capacidad de reacción.

Por eso resulta difícil de entender el contraste entre ese discurso y la realidad que sugieren otros indicios. No ya la posibilidad –difícil de verificar– de pérdidas materiales relevantes, sino la sensación de que, o bien está siendo mal informado, o bien ha terminado por convencerse de su propia narrativa. En cualquier caso, Irán, un país de más de 85 millones de habitantes y heredero de una tradición histórica que se remonta al Imperio persa, no es un actor menor. Su estructura política, dominada por el sistema de los ayatolas desde la Revolución Islámica de 1979, ha construido un régimen que combina control ideológico, represión interna y capacidad de resistencia estratégica.

La propaganda forma parte central de ese esquema. Teherán afirma que no se rendirá, y aunque esa afirmación pueda ser también parte de su propio aparato propagandístico, lo relevante es que el conflicto no se mide únicamente en términos de destrucción material, sino en la capacidad de proyectar resiliencia frente al adversario.

Mientras tanto, Trump, en una decisión que recuerda –aunque en otro contexto– a la lógica de liderazgo en tiempos de crisis, ha optado por cambiar mandos en plena tensión. En 2025 destituyó al entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Charles Q. Brown Jr., en una decisión interpretada como parte de una reconfiguración interna de su estructura de seguridad. Este tipo de movimientos, lejos de ser neutros, suelen reflejar tensiones profundas dentro del aparato de poder. A ello se suma la presión constante sobre su propia fiscal general, Pam Bondi, cuya actuación ha sido percibida como alineada con una visión de justicia marcadamente personalista. Todo ello apunta a una dinámica en la que la lealtad pesa tanto o más que la eficacia, un rasgo común en liderazgos de corte personalista.

La historia ofrece paralelismos útiles. Abraham Lincoln destituyó a varios comandantes del Ejército de la Unión antes de encontrar en Ulysses S. Grant al líder militar capaz de sostener la estrategia del norte. Antes de Grant, figuras como George B. McClellan habían mostrado una mezcla de cautela excesiva y falta de determinación que desesperó a la Casa Blanca.

McClellan, en particular, fue apartado por su incapacidad para explotar ventajas estratégicas claras, lo que retrasó el desenlace del conflicto. El relevo no fue menor: marcó el punto de inflexión que permitió a la Unión pasar de la contención a la victoria. Ese episodio ilustra una constante histórica: cambiar al mando militar en medio de una guerra no es un gesto técnico, sino una señal de crisis, de ajuste o de desesperación.

Hoy, como entonces, el relevo en la cúpula militar puede interpretarse de dos formas. En algunos casos refleja desorientación, pérdida de control o incapacidad para leer correctamente el entorno. En otros, responde a una lógica más peligrosa: trasladar la responsabilidad del fracaso hacia los subordinados. Esa narrativa, utilizada por líderes como Adolf Hitler en la fase final de la Segunda Guerra Mundial, convierte la derrota en una supuesta traición interna, evitando así asumir errores propios.

Mientras tanto, el pulso político interno en Estados Unidos sigue su propio curso. El país se mueve en una tensión permanente. Aunque los demócratas creen tener ventaja electoral, enfrentan un problema estructural: la falta de cohesión interna y de liderazgo claro. Del otro lado, el descontento con Trump es real, pero no necesariamente suficiente para articular una alternativa sólida. En ese contexto, la incertidumbre se convierte en el factor dominante. Y cuando la incertidumbre domina, las tentaciones de alterar las reglas del juego aparecen.

La sombra del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 sigue presente como recordatorio de hasta dónde puede tensarse el sistema. En escenarios extremos, la posibilidad de bloquear o deslegitimar procesos electorales deja de ser una hipótesis lejana para convertirse en un riesgo tangible. Porque, al final, lo que no ocurre no se pierde.

Y sin elecciones, Trump seguirá, sin duda alguna, en su sitio. La cuenta atrás inició. ¿La meta? Noviembre.

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