Los juarenses, nacidos aquí o adoptados, queremos que la ciudad que habitamos mejore, que se resuelvan los problemas de infraestructura, que luzca como la urbe binacional que es.
Si bien es cierto, nuestra ciudad se ha ubicado desde hace muchos años en la lista de las diez ciudades más importantes del país; en 2020, el INEGI nos ubicó en la posición número 6, de acuerdo a nuestra población y este mismo instituto nos ubicó en 2024, en la posición número 9 según la producción del PIB; como último botón de muestra, somos el octavo municipio a nivel nacional, con mayor extensión territorial urbana. No hay duda de que Ciudad Juárez es una de las ciudades más importantes del país, pero también es cierto que hemos pagado por ese crecimiento una factura muy alta.
Inseguridad, crecimiento desordenado, déficit urbano, mala calidad de servicios públicos, problemas ambientales, sobreexplotación de recursos naturales (principalmente el agua), entre otras, muchas otras facturas. Y es que crecimiento no es lo mismo que desarrollo.
Por ello, no es cosa menor lo que deseamos los fronterizos, requiere recursos importantísimos bien coordinados como son: tiempo, presupuesto multianual, capacidades humanas, algo que no debería ser, pero es y se conoce como voluntad política, que no es más que la intención real de los gobernantes de hacer que las cosas sucedan. Por último, un ingrediente no menos importante, el involucramiento y la participación ciudadana.
Ahora bien, lo que escribiré a continuación no es una apología de los gobiernos presentes y pasados que hemos tenido, no podemos eximir la responsabilidad que tienen (y han tenido) para dar solución a las problemáticas tan complejas que persisten en nuestra ciudad, pero sí es una reflexión respecto al último elemento citado en el párrafo anterior.
Cuando fuimos niños, una de las asignaturas escolares fue Civismo, años más tarde la denominaron Formación Cívica y Ética y, si no me equivoco e interpreto bien la nomenclatura de las asignaturas actuales, hoy se incluye en algo que llaman “De lo humano y lo comunitario”; en esta asignatura incluyen las normas de convivencia social, los deberes que tenemos como personas hacia nuestro entorno y la práctica de virtudes sociales.
Justicia, solidaridad, respeto, tolerancia, empatía, honestidad, incluso la caridad social, fueron comportamientos inculcados en antaño, primero, en el seno familiar y reforzadas en el aula. Entonces, prevalecía una autoridad moral (no política, no judicial, no legal) que ayudaba a mantener el orden de muchas cosas.
El respeto hacia el maestro, los mayores, los vecinos y figuras que yo nombro “menores de autoridad” como un directivo, un policía de barrio, un empleado público, facilitaba el cumplimiento de pequeñas o medianas obligaciones. Además, el respeto se combinaba con la empatía y eran una fórmula si no perfecta, idónea para la funcionalidad de nuestra sociedad.
¿Por qué menciono esto y qué relación tiene con los primeros párrafos de este artículo?
Que en ese interés o deseo legítimos que tenemos los juarenses de que las cosas mejoren en nuestro entorno, pareciera que nos hemos olvidado de un elemento que nos corresponde a nosotros. Mucho antes de llegar a la parte de involucramiento y participación ciudadana, el civismo es algo que estamos dejando de lado.
Basta con observar a nuestro alrededor, en nuestros pequeños entornos (llámese trabajo, vecindario, los espacios públicos, o al transitar una calle), cada vez nos mostramos más intolerantes e indolentes en circunstancias que ameritan nuestra solidaridad y respeto.
Un botón de muestra lo tuvimos en fechas recientes que se intervino la vialidad 4 Siglos, una arteria importante de tránsito vehicular, en donde fue conectado al sistema de drenaje, el colector que lleva el nombre de esta vialidad. Esta acción forma parte de un plan integral de reposición de varios tramos del colector que conduce las aguas residuales hacia las plantas de tratamiento que tiene la Junta Municipal de Agua y Saneamiento de nuestra ciudad, y aunque nos generó muchas incomodidades a los conductores, representará un gran beneficio porque es infraestructura que necesitamos y que era obligado renovar porque el antiguo colector había cumplido ya su vida útil.
Pero por supuesto no es el único caso, quizá es uno de los más recientes, pero hay muchos ejemplos de situaciones en las que hemos evidenciado poca o nula tolerancia en momentos en los que se requiere por el bien de nuestra ciudad.
La ciudad la construimos todos y todas. Los gobiernos asumen (deben asumir) una responsabilidad y los ciudadanos otra. Y sí, debemos exigir a los gobernantes cumplir su parte, pero no olvidemos que nosotros como ciudadanos también tenemos obligaciones, no solo derechos, y el civismo, es el comportamiento que nos permitirá convivir en sociedad de manera armónica y respetuosa.