Del destajo al reloj: La deshumanización del tiempo laboral
El 3 de marzo se publicó en el Diario Oficial de la Federación la reforma laboral que establece que la jornada se reducirá de manera progresiva de 48 a 40 horas semanales. Esta reforma es pertinente porque, según el informe 2025 de la OCDE, México ocupa los últimos lugares en productividad laboral a pesar de tener una de las jornadas más extensas. Esto obliga a preguntarnos: ¿debería ser el tiempo la unidad de medida de la productividad?
Antes de la Revolución Industrial, la productividad se medía por cantidad: el trabajo a destajo. La paga era proporcional a lo producido, esto obligaba a jornadas extenuantes para obtener mejores ingresos. Con la llegada de las máquinas, la presencia física se volvió indispensable para operarlas. Ya no se pagaba por piezas, sino por disponibilidad de tiempo. A principios del siglo XX, el Taylorismo perfeccionó esta lógica al introducir el cronómetro: cada minuto debía aprovecharse al máximo. Ahí nació el estrés laboral moderno: la presión de hacer más en el mismo tiempo.
A pesar de las conquistas sindicales, cumplir con ocho o diez horas sigue siendo una camisa de fuerza. Al estrés del reloj se suma la deficiencia en el derecho al descanso. La ley establece apenas 30 minutos de pausa en jornadas continuas, lo cual es insuficiente si consideramos que el trabajador debe conseguir o preparar alimentos en condiciones que, muchas veces, no son óptimas por falta de infraestructura en los centros de trabajo.
La ciencia contradice este modelo de "calentar la silla". El cerebro necesita pausas de 15 a 20 minutos por cada 90 de labor, siguiendo los ritmos ultradianos o "olas de energía" del cuerpo. En una jornada de 8 horas, atravesamos 5 ciclos ultradianos, lo que requeriría 75 minutos de descanso —independientes a la comida— para mantener la capacidad cognitiva.
Dinamarca y Luxemburgo son países que han logrado establecer un equilibrio entre tiempo y productividad, priorizando esta última. Si la persona concluyó sus tareas puede retirarse o hay flexibilidad de horario para trabajar sólo cuatro días a la semana. Esto permite el desarrollo pleno de las personas ya que, el tiempo fuera del trabajo lo ocupan para estudio, realización de actividades físicas, convivencia familiar o descanso. Lamentablemente en México estamos lejos de esas condiciones, aún hay trabajo a destajo y patrones que, con reloj en mano, vigilan celosamente el cumplimiento de las horas.
La reforma impulsada por la presidenta Sheinbaum nos hace repensar el fondo de nuestra cultura laboral. Si la forma sigue siendo el control obsesivo del horario, la productividad seguirá estancada. La reducción de la jornada no es una concesión al ocio, sino un reconocimiento a la fisiología humana y a la eficiencia moderna. Debemos transitar del presentismo vacío hacia una gestión por objetivos. La verdadera productividad no se encuentra en cuántas horas permanece la persona en su puesto, sino en la calidad de vida y la salud mental que le permiten generar valor real. Las personas felices, hacen un mundo feliz. Y la felicidad, según Aristóteles, es el fin último del Estado.
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