Vicepresidente del Comité Técnico Nacional de Finanzas Corporativas y Tesorería IMEF.
La cuarta revolución industrial ha alcanzado a todas las empresas y se ha convertido en un elemento fundamental de competitividad. En México, su avance está marcado por contrastes que obligan a las empresas y especialmente a las áreas financieras a replantear su modelo operativo. El Informe de Madurez Digital 2025 de EY confirma que las organizaciones mexicanas apenas alcanzan un 42% de madurez digital, un nivel claramente insuficiente frente al ideal de 70%. Más preocupante aún es que solo 1% de las empresas ha logrado una integración plena de la inteligencia artificial en sus procesos, lo que demuestra que nuestro país se encuentra todavía lejos de incorporar y explotar el valor de estas tecnologías.
El escenario se vuelve más complejo porque la tecnología dejó de ser un proyecto aislado para convertirse en una pieza permanente de la cultura organizacional. Las empresas deben convivir con la transformación, lo que implica adaptabilidad, inversión y un ejercicio disciplinado de planeación financiera. La Secretaría de Economía ha señalado que avanzar hacia la industria 4.0 requiere cuatro pilares: desarrollo de capital humano, innovación, adopción tecnológica y financiamiento. Sin estos elementos, la competitividad del país enfrenta riesgos estructurales.
Uno de los principales desafíos es la brecha entre grandes empresas y Pymes. La mayoría de las Pymes continúan operando manualmente debido a los altos costos relacionados con la tecnología y a su acceso limitado al financiamiento. Se estima que más de cuatro millones de Pymes representan más del 52% del PIB y generan 72% del empleo, pero muchas no cuentan con los recursos para soluciones tecnológicas. A ello se suma que las fuentes de financiamiento siguen siendo reducidas: en el primer trimestre de 2025, 62% de las empresas dependieron de proveedores como principal fuente de financiamiento y solo 27% utilizó crédito de la banca comercial, mientras la banca de desarrollo representó apenas 1%, una cifra insuficiente para impulsar la modernización.
A este reto financiero se suma el tema cultural. La resistencia al cambio es un freno significativo, particularmente en compañías donde predominan procesos manuales y existe temor a la sustitución laboral. La falta de información, capacitación y liderazgo son causas frecuentes de resistencia, lo que deriva en pérdida de productividad y en dificultades para implementar nuevas tecnologías.
Pese a estos obstáculos, la industria 4.0 representa una oportunidad nacional para elevar la productividad y optimizar recursos. Las tecnologías industriales avanzadas (el Internet de las Cosas y Análisis de Datos) permiten reducir costos y fortalecer la toma de decisiones financieras. El propio IMEF ha destacado que la digitalización es un motor de resiliencia económica y que las Pymes que adoptan herramientas digitales muestran mejoras en competitividad y eficiencia ante cambios de mercado.
Para el Comité de Finanzas Corporativas y Tesorería, el reto consiste en garantizar un gobierno de datos robusto, evaluar el retorno sobre inversión tecnológica, generar estrategias de fondeo y desarrollar capacidades internas que permitan absorber la transformación sin mermar la operación. El IMEF ha advertido que la innovación debe equilibrarse con criterios de seguridad, sostenibilidad y protección de información, aspectos que se vuelven críticos en un entorno donde la digitalización expone a las empresas a mayores riesgos tecnológicos y regulatorios.
En conclusión, la industria 4.0 no es únicamente un salto tecnológico, sino una redefinición del modelo financiero y operativo de las empresas mexicanas. Para cerrar la brecha existente; será indispensable aplicar disciplina, gestionar estratégicamente el cambio y priorizar iniciativas con impacto directo en productividad, liquidez y sostenibilidad. Solo así las organizaciones podrán competir en un entorno donde la transformación ya no es opcional, sino constante y exponencial.