La guerra iniciada el 28 de febrero entre Estados Unidos, Israel e Irán ha pasado factura contra la élite militar iraní. La reciente muerte de Majid Jademi, jefe de inteligencia de la Guardia Revolucionaria Islámica, y de Ajer Bakri, comandante de la Fuerza Quds, representa uno de los golpes más recientes —y simbólicos— contra el núcleo del poder iraní.
Ambas muertes, atribuidas a ataques aéreos israelíes, reflejan una estrategia sostenida: debilitar la cadena de mando iraní mediante la eliminación de figuras clave en inteligencia, operaciones exteriores y seguridad interna.
Majid Jademi no era una figura mediática, pero sí central dentro del aparato de seguridad iraní. Nombrado en junio de 2025 tras la muerte de su predecesor en la guerra de los 12 días, dirigía la inteligencia de la Guardia Revolucionaria, uno de los pilares del sistema político-militar del país.
Su función abarcaba desde el contraespionaje hasta la supervisión de amenazas internas, incluidas protestas y posibles infiltraciones. En el contexto de guerra, su papel era aún más crítico: coordinar información estratégica, anticipar movimientos enemigos y proteger la estructura del régimen.
Su muerte no solo supone la pérdida de un alto mando, sino también un golpe a la capacidad de Irán para gestionar información sensible en tiempo real.
Por su parte, Ajer Bakri estaba vinculado a la Unidad 840 de la Fuerza Quds, encargada de operaciones especiales en el extranjero. Esta unidad ha sido señalada en múltiples ocasiones como responsable de acciones encubiertas fuera de Irán.
La eliminación de Bakri apunta a un objetivo distinto al de Jademi: no tanto la seguridad interna, sino la proyección internacional de Irán. La Fuerza Quds es el instrumento clave de Teherán para influir en conflictos regionales, apoyar a aliados y ejecutar operaciones indirectas.
Atacar esta estructura implica limitar la capacidad iraní de responder fuera de sus fronteras.
La estrategia israelí nuevamente en acción: decapitación selectiva
Las declaraciones del primer ministro Benjamín Netanyahu y del ministro de Defensa Israel Katz apuntan a una estrategia explícita: eliminar a los líderes “uno por uno”.
Desde el inicio del conflicto, esta política ha provocado la muerte de figuras de alto nivel, entre ellas el líder supremo Alí Jamenei y mandos militares clave, como el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Pakpur, o Abdolrahim Musaví, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.
El objetivo es claro: provocar una desarticulación progresiva del sistema de mando iraní, dificultando la coordinación militar y política.
A primera vista, la acumulación de bajas sugiere un debilitamiento significativo. La pérdida simultánea de líderes políticos, militares y de inteligencia es poco habitual y genera vacíos de poder difíciles de llenar rápidamente.
Sin embargo, Irán ha desarrollado durante años un modelo organizativo diseñado precisamente para resistir este tipo de situaciones: la llamada “estrategia mosaico”.
Este enfoque descentraliza el poder en múltiples unidades que pueden operar de forma autónoma. Así, aunque la cúpula sea golpeada, el sistema puede seguir funcionando sin colapsar completamente.
Según autoridades iraníes, este modelo permite que diferentes niveles de mando tomen decisiones tácticas sin depender de una cadena jerárquica rígida.
En términos prácticos, significa que la eliminación de altos cargos no paraliza automáticamente la capacidad operativa del país. Las unidades militares, de inteligencia y paramilitares pueden continuar actuando con cierto grado de independencia.
Esto explica por qué, pese a las pérdidas, Irán ha mantenido su capacidad de respuesta, incluyendo ataques y amenazas en toda la región. @mundiario