
Esta semana, el Pentágono confirmó que está probando soldados autónomos con inteligencia artificial en campos de batalla reales. Drones que eligen sus propios objetivos. Algoritmos que deciden quién vive y quién muere sin que un ser humano apriete el botón. Mientras tanto, Estados Unidos bombardea Irán, capturó al presidente de Venezuela, amenaza a Colombia, y la ONU emite comunicados que nadie lee.
Estamos ante un cambio de época. No de gobierno, no de sexenio, no de ciclo económico. De época. El orden internacional que conocimos —imperfecto, sí, pero con reglas— se está desmoronando. La ONU ya no funciona como contrapeso. Las resoluciones se acumulan y se ignoran. La idea de que alguien intervendría para defender la democracia o proteger a los más vulnerables se acabó. Ya no se invade en nombre de la libertad. Se invade en nombre de intereses, de recursos, de negocios. El mensaje es otro: “Podemos alcanzarte y no te vamos a proteger si no haces lo que queremos”.
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Y lo más inquietante no son los misiles ni los robots. Es que lo estamos viendo pasar como si fuera una serie más de Netflix. Cambiamos de canal y seguimos con nuestra vida.
La polarización política y social nos tiene anestesiados. Divididos en trincheras donde el otro siempre está equivocado, donde el algoritmo nos confirma lo que ya creemos, donde la conversación se sustituyó por el insulto. Y esa polarización no es accidental. Cuando una persona no tiene claro quién es, qué valores la sostienen, a qué comunidad pertenece más allá de una bandera o un hashtag, se vuelve presa fácil de cualquier narrativa que le dé certeza. El vacío siempre encuentra quién lo llene.
Y ahí está la cadena que nadie quiere ver: la ausencia de principios e identidad nos hace vulnerables a la manipulación. La manipulación produce radicalización. La radicalización produce odio. El odio produce violencia. Y la violencia, llevada a escala, produce guerras.
La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria. La uso todos los días para hacer más eficiente mi trabajo. Pero la tecnología no define quiénes somos. Lo que nos define es cómo convivimos. Cómo resolvemos nuestras diferencias. Sí somos capaces de escuchar al que piensa distinto sin necesidad de destruirlo.
Escribo esto desde la frontera, entre dos países, con cuatro hijos que van a heredar el mundo que estamos construyendo —o el que estamos dejando construir—. Y lo que veo me preocupa: un planeta donde los adultos no sabemos debatir sin odiar, donde los líderes confunden fuerza con liderazgo, donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad ética para regularla. Los próximos veinte años van a definir si la inteligencia artificial sirve para curar o para matar. Y esa decisión no es técnica. Es profundamente humana.
La semana pasada, en un taller con niños, les preguntaron qué significa ser mexicano. Uno dijo: “Ayudar a los demás”. Otro: “Ser valiente y fuerte”. Ninguno habló de miedo. Ninguno habló de odio. Hablaron de lo que quieren ser, no de lo que el mundo les dice que son.
Tal vez ahí está la respuesta que los adultos estamos buscando. No en los tratados que nadie cumple ni en los algoritmos que nadie controla, sino en algo mucho más sencillo y más difícil: enseñar a convivir. Poner límites claros como sociedad sobre lo que queremos y lo que no estamos dispuestos a aceptar. Y empezar por la conversación más cercana: la de la mesa, la de la escuela, la de la calle.
Más ciudadanitos, por favor.