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El Financiero 10 Apr, 2026 03:34

Agua, negocios y biodiversidad: la factura pendiente del sector privado

Académica del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (CENTRUS) de la Universidad Iberoaméricana.

“Todas las empresas dependen de la diversidad biológica”, advierte la Evaluación de Negocios y Biodiversidad de IPBES (2026). La evidencia es contundente: la caída de la biodiversidad y de las contribuciones de la naturaleza a las personas ya es un riesgo sistémico que amenaza la economía, la estabilidad financiera y el bienestar humano. Sin embargo, la respuesta empresarial aún no está a la altura del desafío.

La Regulación Invisible que Sostiene la Economía

La biodiversidad no es un concepto abstracto: configura una trama de relaciones ecológicas que hace posible contar con agua limpia para beber, producir alimentos, y los territorios en los que asentamos industrias y ciudades. De esa red dependen funciones críticas como la cantidad, la calidad y la temporalidad del agua. Cuando el clima se altera y los ecosistemas se degradan, esa regulación se rompe, y con ella la base material de la actividad económica. Pensar el agua exige mirar más allá de la lluvia y los ríos. Las cuencas son sistemas hidrosociales: su funcionamiento está mediado por decisiones humanas, infraestructura y arreglos políticos. La Ciudad de México es un ejemplo extremo: su abastecimiento rebasa sus límites geográficos y reconfigura territorios vecinos para sostener la demanda urbana.

México: Ríos en alerta, Especies en Riesgo

La competencia por el agua entre sectores reduce el acceso a agua limpia y segura para la población y deteriora hábitats dulceacuícolas y terrestres. Las especies de agua dulce enfrentan un riesgo cinco veces mayor que las terrestres, impulsado por saneamiento deficiente y descargas sin control.

Los diagnósticos de CONABIO ya advertían deterioro en 85% de las ecorregiones hidrológicas de América Latina y un estado crítico en ríos y arroyos de México. Entre 2012 y 2018, 98.53% de los sitios lóticos monitoreados por CONAGUA presentaron condiciones mesotróficas o eutróficas, evidencia de contaminación crónica. El caso del Río Santiago, en la metrópoli de Guadalajara, sintetiza el problema: miles de unidades económicas operan en su entorno, pero la trazabilidad de descargas y la vigilancia social siguen siendo insuficientes.

Opacidad y Costos Diferidos

En diversos ramos, los impactos en agua y biodiversidad son poco medidos y peor reportados. La falta de transparencia impide evaluar políticas y soluciones. El deterioro, por su parte, regresa como búmeran: obliga a buscar nuevas fuentes —con tensiones sociales y ambientales— o a invertir en pretratamiento y tecnologías de depuración.

En México, muchas plantas de tratamiento no operan como se diseñó por costos energéticos, sobredimensionamiento, falta de pertinencia local o corrupción. La consecuencia es conocida: ríos con poca capacidad de asimilación y mayores riesgos sanitarios.

Finanzas: dónde está el dinero

Mientras los Objetivos de Desarrollo Sostenible exigen proteger y restaurar recursos hídricos y garantizar acceso al agua potable, la brecha financiera persiste. Alcanzar el ODS 6 requeriría alrededor de 114 mil millones de dólares anuales.

En contraste, en 2023 se movilizaron 7.3 billones de dólares en subsidios perjudiciales y capital privado que generaron impactos negativos en la naturaleza, frente a apenas 220 mil millones orientados a su conservación. El mensaje es claro: los incentivos económicos priorizan actividades que degradan la base ecológica de la que dependen los negocios.

30×30 con derechos, no a costa de ellos

El Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming–Montreal fijó la meta 30×30: proteger al menos 30% de zonas terrestres y acuáticas para 2030.

La vía, sin embargo, es tan importante como el objetivo. Organizaciones y comunidades insisten en que la conservación debe hacerse con y para los Pueblos Indígenas y comunidades locales, respetando derechos, saberes y arreglos territoriales. De lo contrario, la protección se convierte en otra forma de despojo y pérdida biocultural.

Lo que las empresas pueden —y deben— hacer

La dependencia empresarial de la biodiversidad exige pasar del discurso a la gestión concreta. Cinco frentes son ineludibles:

  1. Medición y trazabilidad. Mapear riesgos e impactos a lo largo de la cadena de valor (extracción, insumos, producción, distribución y disposición), con indicadores públicos y verificables.
  2. Agua y saneamiento con vigilancia social. Pretratamiento en sitio, eficiencia hídrica, reutilización y metas de descarga con base en límites del ecosistema de cada cuenca.
  3. Economía circular. Rediseñar productos y procesos para reducir residuos y contaminación, privilegiando materiales regenerativos y ciclos cerrados.
  4. Gobernanza territorial. Participar en consejos de cuenca, acuerdos de reparto justo del agua y mecanismos de monitoreo comunitario, con transparencia en permisos, volúmenes y calidad.
  5. Financiamiento alineado. Redirigir subsidios y capital hacia infraestructura verde, restauración de ríos y humedales, y soluciones basadas en la naturaleza que devuelvan capacidad regulatoria a los ecosistemas.

Sin la regulación que brinda la naturaleza, la economía se encarece, la conflictividad aumenta y la seguridad hídrica se vuelve un lujo. La disyuntiva es nítida: sostener la red que sostiene la vida —y con ella, los negocios— o seguir aplazando una factura ecológica y social que ya llegó. La decisión, y los números, están sobre la mesa.

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