Académica del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (CENTRUS) de la Universidad Iberoaméricana.
“Todas las empresas dependen de la diversidad biológica”, advierte la Evaluación de Negocios y Biodiversidad de IPBES (2026). La evidencia es contundente: la caída de la biodiversidad y de las contribuciones de la naturaleza a las personas ya es un riesgo sistémico que amenaza la economía, la estabilidad financiera y el bienestar humano. Sin embargo, la respuesta empresarial aún no está a la altura del desafío.
La Regulación Invisible que Sostiene la Economía
La biodiversidad no es un concepto abstracto: configura una trama de relaciones ecológicas que hace posible contar con agua limpia para beber, producir alimentos, y los territorios en los que asentamos industrias y ciudades. De esa red dependen funciones críticas como la cantidad, la calidad y la temporalidad del agua. Cuando el clima se altera y los ecosistemas se degradan, esa regulación se rompe, y con ella la base material de la actividad económica. Pensar el agua exige mirar más allá de la lluvia y los ríos. Las cuencas son sistemas hidrosociales: su funcionamiento está mediado por decisiones humanas, infraestructura y arreglos políticos. La Ciudad de México es un ejemplo extremo: su abastecimiento rebasa sus límites geográficos y reconfigura territorios vecinos para sostener la demanda urbana.
México: Ríos en alerta, Especies en Riesgo
La competencia por el agua entre sectores reduce el acceso a agua limpia y segura para la población y deteriora hábitats dulceacuícolas y terrestres. Las especies de agua dulce enfrentan un riesgo cinco veces mayor que las terrestres, impulsado por saneamiento deficiente y descargas sin control.
Los diagnósticos de CONABIO ya advertían deterioro en 85% de las ecorregiones hidrológicas de América Latina y un estado crítico en ríos y arroyos de México. Entre 2012 y 2018, 98.53% de los sitios lóticos monitoreados por CONAGUA presentaron condiciones mesotróficas o eutróficas, evidencia de contaminación crónica. El caso del Río Santiago, en la metrópoli de Guadalajara, sintetiza el problema: miles de unidades económicas operan en su entorno, pero la trazabilidad de descargas y la vigilancia social siguen siendo insuficientes.
Opacidad y Costos Diferidos
En diversos ramos, los impactos en agua y biodiversidad son poco medidos y peor reportados. La falta de transparencia impide evaluar políticas y soluciones. El deterioro, por su parte, regresa como búmeran: obliga a buscar nuevas fuentes —con tensiones sociales y ambientales— o a invertir en pretratamiento y tecnologías de depuración.
En México, muchas plantas de tratamiento no operan como se diseñó por costos energéticos, sobredimensionamiento, falta de pertinencia local o corrupción. La consecuencia es conocida: ríos con poca capacidad de asimilación y mayores riesgos sanitarios.
Finanzas: dónde está el dinero
Mientras los Objetivos de Desarrollo Sostenible exigen proteger y restaurar recursos hídricos y garantizar acceso al agua potable, la brecha financiera persiste. Alcanzar el ODS 6 requeriría alrededor de 114 mil millones de dólares anuales.
En contraste, en 2023 se movilizaron 7.3 billones de dólares en subsidios perjudiciales y capital privado que generaron impactos negativos en la naturaleza, frente a apenas 220 mil millones orientados a su conservación. El mensaje es claro: los incentivos económicos priorizan actividades que degradan la base ecológica de la que dependen los negocios.
30×30 con derechos, no a costa de ellos
El Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming–Montreal fijó la meta 30×30: proteger al menos 30% de zonas terrestres y acuáticas para 2030.
La vía, sin embargo, es tan importante como el objetivo. Organizaciones y comunidades insisten en que la conservación debe hacerse con y para los Pueblos Indígenas y comunidades locales, respetando derechos, saberes y arreglos territoriales. De lo contrario, la protección se convierte en otra forma de despojo y pérdida biocultural.
Lo que las empresas pueden —y deben— hacer
La dependencia empresarial de la biodiversidad exige pasar del discurso a la gestión concreta. Cinco frentes son ineludibles:
- Medición y trazabilidad. Mapear riesgos e impactos a lo largo de la cadena de valor (extracción, insumos, producción, distribución y disposición), con indicadores públicos y verificables.
- Agua y saneamiento con vigilancia social. Pretratamiento en sitio, eficiencia hídrica, reutilización y metas de descarga con base en límites del ecosistema de cada cuenca.
- Economía circular. Rediseñar productos y procesos para reducir residuos y contaminación, privilegiando materiales regenerativos y ciclos cerrados.
- Gobernanza territorial. Participar en consejos de cuenca, acuerdos de reparto justo del agua y mecanismos de monitoreo comunitario, con transparencia en permisos, volúmenes y calidad.
- Financiamiento alineado. Redirigir subsidios y capital hacia infraestructura verde, restauración de ríos y humedales, y soluciones basadas en la naturaleza que devuelvan capacidad regulatoria a los ecosistemas.
Sin la regulación que brinda la naturaleza, la economía se encarece, la conflictividad aumenta y la seguridad hídrica se vuelve un lujo. La disyuntiva es nítida: sostener la red que sostiene la vida —y con ella, los negocios— o seguir aplazando una factura ecológica y social que ya llegó. La decisión, y los números, están sobre la mesa.