Hace unos días, el planeta se enteró de un anuncio que no llegaba desde tiempos de Atila: “Una civilización va a morir”. De manera preocupante, el mensaje era firmado por alguien que podía llevarlo a cabo: Donald Trump. La enjundia con que el rey de los hunos combatió a Roma, se dirigía ahora al mundo persa, que se quedaría sin puentes ni plantas eléctricas. La opinión pública de Estados Unidos alzó la bandera roja: el país estaba a punto de cometer crímenes de guerra.
Por suerte, el ataque anunciado para el 7 de abril se pospuso. Al día siguiente, el New York Times publicó un reportaje de Jonathan Swan y Maggie Haberman que recreó en detalle la forma en que Trump decidió ir a la guerra.
Estamos ante un caso excepcional de infiltración periodística. Sería fascinante saber cómo se supo lo ocurrido en el Situation Room, al que muy pocos tienen acceso. Las implicaciones legales de revelar ese secreto son enormes, así es que no hay duda de que los datos fueron verificados.
El 11 de febrero, el líder israelí Benjamin Netanyahu expuso en la Casa Blanca un plan de cuatro puntos para derrocar al régimen islámico de Irán, que consistía en matar al ayatola, impedir la respuesta militar, fomentar la insurrección popular e instaurar un gobierno laico. “Me suena bien”, dijo Trump.
Los otros participantes (el secretario de Estado Marco Rubio, el director de la CIA John Ratcliffe, el secretario de Defensa Pete Hegseth, el general Dan Caine, a cargo del Estado Mayor, y la jefa de staff de la Casa Blanca Susie Wiles) preguntaron sobre los riesgos de la operación. Netanyahu señaló que había más riesgo en no actuar porque Irán no dejaba de avanzar en su programa nuclear. Este argumento recordó el de las “armas de destrucción masiva”, nunca localizadas, que desataron la Guerra del Golfo.
Al día siguiente, el gabinete de seguridad se reunió sin Netanyahu y con la presencia de J. D. Vance, recién llegado de Azerbaiyán. Lo sucedido debe ser estudiado como un caso límite en la toma de decisiones. Rubio dijo que Israel exageraba para involucrar a Estados Unidos; la propuesta le parecía “absurda”. “Una mierda”, precisó el director de la CIA. El secretario de Defensa comentó que los objetivos de matar al ayatola y controlar la respuesta militar podían lograrse, pero no los de la revuelta popular y el cambio de gobierno. El general Caine coincidió en que los israelís “sobrevenden” sus iniciativas; el plan sólo tendría sentido si se podían lograr los últimos dos puntos, pero eso era incierto, y añadió que la operación tendría un costo altísimo, desviaría recursos necesarios para la guerra de Ucrania e Irán lograría cerrar el estrecho de Ormuz. Dicho esto, aclaró que la decisión sólo le correspondía al Presidente.
Trump siempre tiene prisa; fiel a su carácter, dijo que el operativo sería instantáneo y no daría tiempo a que Irán reaccionara.
Nadie confrontó abiertamente al mandatario, pero todos dijeron que el plan era erróneo. Y faltaba la postura más crítica. J. D. Vance es un caso insólito. Creció en la pobreza junto a una madre adicta (situación que describe Hillbilly Elegy, bestseller que Ron Howard llevó al cine), ganó una beca para estudiar en la exigente Escuela de Derecho de Yale, incursionó en el desarrollo de tecnología, se convirtió al catolicismo y se casó con una mujer de familia india. Estos antecedentes son tan singulares que prefiguran muy diversos destinos. Si a ellos se agrega la ambición sin límites el resultado es aún más peculiar: Vance se afilió al partido republicano, fue senador por Ohio, se opuso a Trump (al que describió como “heroína cultural”) y terminó convertido en su vicepresidente. ¿Hay alguien más camaleónico en la arena mundial?
Vance advirtió que el ataque a Irán sería un “desastre”; traicionaba lo que Trump propuso en su campaña, tendría un costo social y económico enorme y repercutiría en las próximas elecciones.
Poco después, Trump recibió una llamada del comentarista conservador Tucker Carlson, que había oído rumores de un ataque imprudente a Irán. El Presidente le dijo que todo saldría bien. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó Tucker. “Así pasa siempre”, fue la respuesta.
Contra la opinión de su círculo más cercano, el Presidente comunicó al general Caine: “La Operación Furia Épica ha sido aprobada”.
El nombre del plan es una confesión.
¡Bienvenidos a la era del Atila atómico!