Hay líderes que entienden el poder como una responsabilidad y otros que lo viven como un altavoz. Donald Trump, en los últimos días, ha vuelto a demostrar que su forma de ejercer la presidencia se parece menos a la política exterior tradicional y más a una negociación agresiva de empresario: presionar, insultar, amenazar y luego fingir que todo era parte del guion.
La escalada verbal contra Irán ha sido especialmente inquietante. Trump lanzó mensajes donde daba plazos imposibles, hablaba de “infierno” y utilizaba un lenguaje tan vulgar que muchos medios estadounidenses evitaron reproducirlo literalmente. No es solo una cuestión de estilo. Cuando el presidente de la primera potencia mundial habla así, el problema no es que sea grosero, sino que normaliza la barbarie como lenguaje institucional.
En política internacional, las palabras son munición. Y Trump ha disparado demasiadas veces sin mirar a quién apuntaba.
El estrecho de Ormuz y la amenaza económica global
El conflicto se ha agravado en torno al estrecho de Ormuz, un paso estratégico por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Esto no es un detalle técnico menor. Significa que cualquier amenaza sobre esa zona tiene impacto inmediato en los precios de la energía, en el transporte marítimo y, en última instancia, en el coste de vida de millones de familias.
Por eso las amenazas de “abrirlo al 100%” con tono militarista no son solo una bravuconada. Son un mensaje que pone nerviosos a los mercados, desestabiliza a aliados y alimenta un clima de incertidumbre global. Y cuando la economía mundial está ya tensionada por guerras y crisis energéticas, jugar con gasolina cerca del fuego es una irresponsabilidad monumental.
Además, Trump ha llegado a insinuar ataques contra infraestructuras civiles como puentes o centrales eléctricas. Eso no es una ocurrencia más. En términos de derecho internacional, atacar objetivos civiles puede constituir un crimen de guerra, salvo que exista una justificación militar clara. Y aquí no se ha explicado ninguna.
El daño real no es solo Irán, es EE UU
Lo más inquietante de esta semana no es solo el tono agresivo, sino el vaivén. En cuestión de horas Trump pasó de la amenaza absoluta a aceptar un alto el fuego frágil, y después a vender una supuesta “Edad de Oro” para Oriente Medio, como si las ruinas pudieran convertirse en un folleto turístico.
Mientras tanto, las cifras de muertos en Irán y Líbano se acumulan como sombras que nadie quiere mirar de frente. Y ese es el patrón: se habla de petróleo, de rutas comerciales y de beneficios futuros, pero se silencian las vidas humanas, como si fueran daños colaterales en una hoja de cálculo.
Incluso analistas y voces críticas en EE UU advierten de que este estilo erosiona la credibilidad del país como socio fiable. La diplomacia funciona cuando hay coherencia y previsibilidad. Si un presidente amenaza con destruir “toda una civilización” y al día siguiente promete prosperidad, el mensaje al mundo es claro: Washington ya no es brújula, es ruleta.
La pregunta final no es si Trump exagera o si “solo negocia”. La pregunta es cuánto tiempo puede el planeta soportar que la política exterior de una superpotencia dependa del impulso, el ego y el espectáculo. Y si Estados Unidos sigue por este camino, puede acabar descubriendo que el poder no se pierde con una derrota militar, sino con algo más silencioso: el desprecio internacional y la desconfianza global. @mundiario