Durante gran parte del siglo XX, el gas natural fue un combustible esencialmente regional. A diferencia del petróleo, que podía transportarse con relativa facilidad por barco y comercializarse en mercados globales, el gas dependía principalmente de gasoductos que conectaban productores y consumidores dentro de áreas geográficas específicas.
Esta característica condicionó durante décadas la geopolítica del gas. Las relaciones energéticas se estructuraban alrededor de grandes sistemas de infraestructura fija. Europa dependía en gran medida del gas ruso transportado por gasoductos. Asia, en cambio, consiguió su abasto a partir principalmente de contratos de largo plazo de gas natural licuado. América del Norte, por su parte, operó como un sistema energético relativamente integrado entre Estados Unidos, Canadá y México basado en una extensa red de gasoductos.
Sin embargo, en los últimos quince años esta estructura comenzó a transformarse de manera profunda. Hoy el gas natural ocupa un lugar central dentro del sistema energético mundial. Según estimaciones de la International Energy Agency, el consumo global de gas natural supera los 4 billones de metros cúbicos al año, lo que lo convierte en una de las principales fuentes de energía del planeta.
Dos procesos paralelos han impulsado esta transformación.
El primero fue la revolución del shale en Estados Unidos, que convirtió al país en el mayor productor mundial de gas natural. El segundo fue la expansión acelerada del comercio de gas natural licuado, conocido como LNG por sus siglas en inglés.
El LNG permite enfriar el gas natural hasta aproximadamente -162 °C, reduciendo su volumen de forma significativa y permitiendo transportarlo por barco a grandes distancias. Una vez en su destino, el gas puede volver a regasificarse e incorporarse a las redes de distribución.
Este proceso ha transformado profundamente el comercio internacional del gas. De acuerdo con la International Energy Agency, el comercio global de LNG superó los 420 millones de toneladas anuales en 2024, más del doble del volumen registrado a mediados de la década de 2000, cuando el comercio mundial apenas superaba los 180 millones de toneladas.
Países como Qatar, Australia y Estados Unidos se han convertido en grandes exportadores de LNG. Qatar, en particular, ocupa una posición estratégica en el mercado global del gas. El país posee alrededor del 13% de las reservas mundiales de gas natural y es uno de los mayores exportadores de LNG del mundo (~20% del volumen global). Gran parte de su producción se dirige a Asia —especialmente a Japón, Corea del Sur, China e India— mediante contratos de suministro de largo plazo, aunque en los últimos años también ha incrementado sus acuerdos con países europeos en busca de diversificar sus fuentes de abastecimiento energético.
En este sentido, las perspectivas apuntan a una expansión del LNG aún mayor: según el World Energy Outlook, la capacidad global de exportación de LNG podría aumentar alrededor de 50% hacia 2030, impulsada principalmente por nuevos proyectos en Estados Unidos, Qatar y otros productores emergentes.
La expansión del LNG ha estado estrechamente vinculada a la revolución del shale. La abundancia de gas natural en Estados Unidos permitió el desarrollo de grandes terminales de exportación en la costa este, lo que lo convirtió en uno de los principales proveedores del mercado global.
Este cambio estructural adquirió una dimensión geopolítica aún más evidente a partir de 2022.
Durante décadas, gran parte del suministro de gas hacia Europa dependía de gasoductos que conectaban los yacimientos rusos con los mercados europeos. Infraestructuras como Nord Stream simbolizaban ese modelo de integración energética.
La guerra entre Rusia y Ucrania alteró profundamente ese sistema. Las sanciones internacionales, las tensiones políticas y la interrupción forzada del suministro obligaron a Europa a reorganizar rápidamente su estrategia energética. Según estimaciones de la International Energy Agency, las importaciones europeas de gas ruso se redujeron en más de 80% entre 2021 y 2023.
En respuesta, los países europeos aceleraron la construcción de terminales de LNG, ampliaron su capacidad de regasificación y diversificaron sus proveedores. Estados Unidos se convirtió en uno de los principales suministradores de gas para el mercado europeo.
Este proceso puso de manifiesto una característica central del gas natural en el sistema energético actual. Más allá de su papel como combustible, el gas se ha convertido en un elemento clave de la seguridad energética.
La flexibilidad del LNG permite ahora redistribuir el suministro entre distintas regiones del mundo con mayor rapidez que en el pasado. Aunque los gasoductos siguen siendo una infraestructura fundamental, el comercio marítimo ha introducido una mayor flexibilidad en el sistema energético global.
Al mismo tiempo, el gas natural también desempeña un papel relevante dentro de la transición energética.
En muchos sistemas eléctricos, el gas se utiliza como respaldo para la generación renovable. Las centrales de gas pueden aumentar o reducir su producción con relativa rapidez, lo que permite equilibrar redes eléctricas donde la energía solar y eólica tienen una participación creciente.
Por esta razón, varios analistas consideran que el gas natural puede desempeñar un papel intermedio durante el proceso de descarbonización, sustituyendo progresivamente al carbón mientras se expanden otras fuentes de energía bajas en carbono.
Sin embargo, este papel de transición también genera debates. Las emisiones de metano asociadas a la producción y transporte de gas natural, así como la inversión en infraestructura fósil de largo plazo, plantean interrogantes sobre el ritmo y la dirección de la transición energética global.
La evolución del mercado del gas refleja, en última instancia, una transformación más amplia del sistema energético mundial. La energía ya no se organiza únicamente alrededor de recursos naturales, sino también alrededor de infraestructura, tecnología y cadenas logísticas que determinan cómo esos recursos pueden moverse y utilizarse.
En ese contexto, el gas natural se ha convertido en uno de los pilares del nuevo mapa energético mundial. Su producción, transporte y comercio ilustran cómo la innovación tecnológica, la geopolítica y la transición energética interactúan para redefinir el funcionamiento del sistema energético.
La revolución del shale fue el punto de partida de este proceso. Pero su consecuencia más profunda ha sido abrir una nueva etapa en la organización del mercado global del gas, donde la seguridad energética, la logística y la transición climática se entrelazan cada vez con mayor intensidad.
La historia reciente del gas natural sugiere que el nuevo ciclo económico estará marcado no solo por innovación tecnológica, sino también por la reorganización de la infraestructura que sostiene la economía global.
*El autor es Secretario de Administración y Finanzas de la Ciudad de México