¿Te ha pasado que un zapato te lastima y aun así lo sigues usando?
Primero sientes la molestia. Después aparece la ampolla. Y aun así sigues caminando. Hasta que la ampolla se revienta. Incluso hay quien sigue usando el mismo zapato hasta que la piel se endurece y aparece un callo.
Lo que empezó como incomodidad termina volviéndose normal.
Muchas veces así funciona también la vida.
Desde pequeños normalizamos conductas que nos lastiman: pensamientos negativos, miedo constante, resentimientos o hábitos de postergar lo importante. Como el zapato incómodo, aprendemos a convivir con ellos hasta que dejamos de notar el daño.
Tommy Rosen, en su libro Recovery 2.0, llama a estos patrones “los agraviantes”. Identifica cuatro conductas que pueden alimentar ciclos de adicción o autoboicot emocional:
pensamientos negativos, duda constante de uno mismo, procrastinación y resentimiento.
El problema es que muchos de estos comportamientos se vuelven invisibles porque los normalizamos.
Nos despertamos pensando lo peor del día y creemos que es normal.
Dudamos de nosotros mismos y lo llamamos realismo.
Postergamos lo importante y lo justificamos como falta de tiempo.
Guardamos resentimientos y los defendemos como si fueran justicia.
Pero no necesariamente es lo normal.
La mente también aprende hábitos emocionales. Y cuando repetimos estos patrones durante años, terminan definiendo nuestra forma de vivir.
Por ejemplo, cuando nos hablamos mal a nosotros mismos: “soy flojo”, “soy malo para esto”, “seguro voy a fallar”. Ese diálogo interno se convierte en una profecía que alimenta más inseguridad.
O cuando postergamos decisiones importantes y acumulamos pendientes hasta vivir en estrés constante.
O cuando el resentimiento se vuelve una conversación silenciosa que repetimos en nuestra cabeza una y otra vez.
Todos esos agraviantes funcionan como ese zapato incómodo: sabemos que lastiman, pero seguimos caminando con ellos puestos.
En mi caso, he descubierto que normalicé muchos de estos patrones desde niño. Hoy trato de hacer algo muy simple: observarlos cuando aparecen.
No para juzgarme, sino para reconocerlos.
Porque el primer paso para cambiar un hábito es dejar de considerarlo normal.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche y esta reflexión nace de mi propio proceso. Si puedo volverme consciente cuando alguno de estos “agraviantes” aparece en mi día, tengo más posibilidades de soltarlo y vivir con más momentos de plenitud.
En mis redes comparto la versión extendida de esta reflexión.