Hay cosas que pasan todos los días y, por eso mismo, dejamos de verlas. En Michoacán hoy hay más de 34 mil niñas, niños y jóvenes en riesgo de dejar la escuela. No es una cifra más: son historias de vida . De esos, casi 10 mil están en secundaria, justo en una edad donde todo puede cambiar, como bien sabemos.
Y hay un dato muy preocupante: el 61% son hombres. Jóvenes que, cuando salen de la escuela, muchas veces también se desconectan de todo lo demás: de su comunidad, de las oportunidades, de un rumbo claro y, en muchos casos, pueden ver en el crimen organizado una salida fácil o, peor aún, ser cooptados contra su voluntad .
Por eso hay que decirlo con claridad y responsabilidad: la deserción escolar no es solo un tema educativo, es un problema de fondo para la paz en Michoacán.
Cuando un joven o una joven deja la escuela, no solo pierde él o ella. Perdemos todos y todas. Porque ahí es donde empiezan otras cosas: la falta de oportunidades, la frustración, las adicciones, la violencia y la ruptura del tejido social.
Y esto pasa frente a cada uno de nosotros y nosotras en Morelia, en Uruapan, en Zamora, en Paracho… está pasando en todo el estado, en la vida diaria de miles de familias.
Por eso, cuando hablamos de seguridad, tenemos que hablar de educación. Porque la educación es la primera política pública de paz y de prevención.
Y lo mismo pasa cuando hablamos de la violencia contra las mujeres.
La semana pasada en el Senado dimos un paso importante: avanzar para que el feminicidio se investigue igual en todo el país. Porque hoy no es así. Hoy depende del estado, de cómo esté tipificado, de qué tan bien o mal se investigue. Y eso no puede seguir pasando.
No puede ser que la vida de una mujer valga distinto dependiendo del lugar donde ocurrió el delito. El feminicidio no aparece de la nada. Es la consecuencia más extrema de muchas violencias que se van acumulando: desigualdad, abandono, falta de oportunidades y entornos donde la violencia se normaliza.
Por eso estos temas no están separados. Están profundamente conectados.
Si no atendemos a nuestras juventudes, si no fortalecemos comunidad, si no damos herramientas desde las aulas, lo que estamos haciendo es dejar crecer el problema desde la raíz.
Sí, las becas ayudan. Sí, los programas son necesarios. Pero no alcanzan por sí solos. Esto requiere algo más profundo: que nos involucremos todas y todos de verdad.
La paz no se construye solo con policías. Se construye todos los días, en lo que hacemos o dejamos de hacer, con nuestras juventudes.
Como Humanista Michoacana, tengo claro que ahí está la ruta: acompañar, generar oportunidades y no soltar estos temas.
Garantizar que nadie se quede fuera, que nadie se quede atrás.
Garantizar que nadie tenga que vivir con miedo. Eso también es construir paz.
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