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AM 15 Apr, 2026 06:02

La presidenta que nada acepta

Columna de Héctor de Mauleón

Mariela Vanessa salió rumbo a la Universidad. No llegó ni volvió a su casa. Su familia salió a buscarla. Hallaron la Ciudad Universitaria cerrada. En el ministerio público se negaron a tomarles su declaración. Les dijeron que fueran al otro día al Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes.

Lo hicieron. Les preguntaron si Mariela Vanessa tenía novio o problemas en su casa. No la reportaron como desaparecida sino como “extraviada” o “ausente”.

La propia familia tuvo que comenzar la investigación. Una hermana de Mariela obtuvo el último lugar en donde el teléfono celular de esta estuvo activo. El Cerro de la Estrella.

Llevaron a CAPEA la información. Las autoridades tardaron un mes en enviar policías de investigación al lugar. Los agentes hallaron huesos, dos teléfonos celulares, una blusa negra y unos tenis.

No pertenecían a Mariela Vanessa. Eran de otras víctimas “extraviadas” o “ausentes”.

Tuvieron que pasar cuatro meses para que la joven estudiante fuera considerada como “desaparecida”. Desde luego, para entonces no había registro alguno en cámaras de vigilancia de los lugares por los que Mariela había pasado el día funesto en que desapareció.

Cuando esto ocurrió Claudia Sheinbaum gobernaba la ciudad de México y Ernestina Godoy se hallaba a cargo de la fiscalía general de justicia de la CDMX.

Es solo un caso de los miles que se han documentado. En este espacio se han registrado innumerables historias de familiares de mujeres desaparecidas en la capital del país que tuvieron que llevar a cabo su propia investigación.

Se trata de historias distintas, pero todas parecen la misma. Omisión, ineptitud, negligencia. Familias que se vuelven investigadoras, que deben salir a las calles a pedir imágenes registradas en cámaras, que preguntan entre vecinos si alguno vio algo, que obtienen datos que presentan ante la autoridad y se pierden en los laberintos que vuelven invisibles a las víctimas. Tienen que pagar las copias fotostáticas, tienen que comprar memorias USB para que les compartan información porque en las instituciones la respuesta es siempre la misma: “no tenemos recursos”.

Tienen que sufrir siempre los mismos agravios por parte de autoridades que intentan convencer a las madres de que sus hijas son culpables de su propia desaparición. Huyó con el novio. Tenía adicciones. Sufría de trastornos mentales. Había problemas de violencia intrafamiliar.

Convencerlas de que, tal vez, ellas mismas no quieren ser encontradas, como postulan ahora los voceros del oficialismo.

En las inmediaciones de Tláhuac, colectivos de familiares de personas desaparecidas acaban de hallar 219 restos óseos de origen humano. Proceden de personas que, como Mariela Vanessa, salieron de su casa un día y no regresaron. Proceden de otras historias de horror que también son invisibles. Nadie sabe quiénes son. Cómo llegaron ahí.

En el X aniversario de la Cátedra Nelson Mandela, en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, la ganadora del Pulitzer 2024, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, autora de “El invencible verano de Liliana” –una novela brutal, redonda, sobre el feminicidio de su hermana y su búsqueda infructuosa búsqueda de justicia–, lamentó que las cifras de violencia contra las mujeres continúen siendo alarmantes y que la impunidad en casos de desaparición, feminicidios, abuso, alcance casi 99 %.

Habló del laberinto de oscuridad en que deben sumergirse quienes se transforman en parias cuando el vínculo entre el Estado y el ciudadano se ha roto y “sabes que el Estado no te quiere, que tu seguridad y la de los tuyos no importa, que no formas parte ya de esa relación”.

Habló Rivera Garza del monstruo de la impunidad: “¿Cómo es despertarse con ella y cerrar los ojos en la noche bajo su sombra oscura? ¿Cómo se respira, se come o se desvela o se va a una fiesta al lado de la impunidad en su más implacable compañía?

Ya nada sorprende. Pero la presidenta Claudia Sheinbaum, que rechazó el informe del Comité Contra la Desaparición Forzada de la ONU, que lleva días negando la crisis que las madres buscadoras y las fosas clandestinas y el Rancho Izaguirre y las 40 mil personas desaparecidas de las que no hay el mínimo registro, le están mostrando al mundo, y que intenta apagar ese horror con descalificaciones, estallidos de cólera y datos que no cuadran, decidió responder a la declaración de la escritora sobre la impunidad en México con esta frase: “No lo aceptamos”.

Apenas el 24 de marzo pasado, Ana Febe Rojas apareció muerta en su casa en Cuajimalpa. Aunque el caso había sido denunciado, cuando sus familiares llegaron al domicilio, “no había policía, no había nada, nadie que estuviera resguardando el lugar”.

A la hermana de la joven un agente del MP le mostró una foto del cuerpo en el que se apreciaban, así lo declaró, signos de violencia. El esposo de Febe controlaba sus dispositivos y sus redes sociales. Usaba una almohada para golpearla y evitar que los golpes dejaran marcas. Pero la fiscalía de feminicidio no admitió la carpeta.

Días más tarde se informó a los familiares que la causa de la muerte era “intoxicación por gas”. La familia denunció “que no existen pruebas en la necropsia o un peritaje a las instalaciones de gas consistentes con ese resultado”. Denunció omisiones y posible colusión de autoridades. Denunció que le habían negado una copia de la carpeta de investigación, y que hasta el momento el caso está estancado.

“¿Cómo se respira, se come o se desvela o se va a una fiesta al lado de la impunidad en su más implacable compañía?”, dijo Rivera Garza.

“No hemos tenido tiempo para poder derrumbarnos, para poder sentir ese dolor que es ya no tener a mi hermana”, dijo la hermana de Ana Febe.

“No lo aceptamos”, son las palabras de la presidenta.

@hdemauleon

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