El programa nuclear de Corea del Norte se encuentra en una nueva fase de expansión que preocupa a la comunidad internacional. La advertencia del Organismo Internacional de Energía Atómica, que habla de “un aumento muy serio” en la capacidad de producción de armas nucleares, no es un diagnóstico aislado, sino la constatación de una tendencia sostenida que redefine el equilibrio estratégico en Asia.
El director del organismo, Rafael Grossi, ha confirmado un incremento notable de actividad en el complejo nuclear de Yongbyon, el corazón histórico del programa atómico norcoreano. Allí se concentran varias de las infraestructuras clave: reactores, plantas de reprocesamiento y, especialmente, instalaciones de enriquecimiento de uranio, un proceso esencial para fabricar material fisible apto para armamento.
El elemento más relevante no es solo la reactivación de Yongbyon —que ya había sido parcialmente desmantelado en etapas previas de diálogo con Occidente—, sino su ampliación. Imágenes satelitales y análisis de centros especializados apuntan a la construcción de nuevas instalaciones similares a las ya existentes, lo que sugiere un aumento significativo en la capacidad de enriquecer uranio.
Este dato es clave porque el enriquecimiento es el cuello de botella del desarrollo nuclear: cuanto mayor sea la capacidad instalada, mayor será el número potencial de ojivas.
El OIEA, pese a no tener acceso directo al terreno desde la expulsión de sus inspectores en 2009, basa sus conclusiones en observación remota y análisis técnico. Aun así, el diagnóstico es claro: la actividad no solo continúa, sino que se intensifica. Grossi lo resumió de forma directa: “Todo esto indica un aumento muy serio de las capacidades de Corea del Norte en el ámbito de la producción de armas nucleares”.
En términos prácticos, esto se traduce en una posible aceleración del arsenal. Las estimaciones actuales sitúan el número de ojivas en “unas pocas decenas”, pero algunos análisis apuntan a que el país podría estar produciendo material suficiente para fabricar entre 10 y 20 armas nucleares al año.
Este ritmo, de confirmarse, implicaría un crecimiento exponencial en pocos años, consolidando a Pyongyang como una potencia nuclear de facto fuera del marco del Tratado de No Proliferación.
El liderazgo de Kim Jong-un ha sido explícito en este objetivo. Lejos de cualquier ambigüedad estratégica, ha reiterado que su país no renunciará a su estatus nuclear y que seguirá reforzando “de forma permanente” sus capacidades. En su narrativa, el desarrollo atómico no es solo una herramienta militar, sino un elemento central de supervivencia del régimen en un entorno que considera hostil.
La evolución del programa no puede entenderse sin el contexto geopolítico. Las negociaciones de desnuclearización con Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump fracasaron sin resultados concretos, y desde entonces el diálogo ha quedado prácticamente congelado. En paralelo, Corea del Norte ha intensificado sus pruebas de misiles, incluidos sistemas de largo alcance capaces de transportar cargas nucleares.
A este escenario se suma una variable adicional: la posible cooperación con Rusia. Aunque el OIEA no ha confirmado asistencia directa en el ámbito militar, la creciente relación entre ambos países —en el contexto de la guerra en Ucrania— ha alimentado las sospechas de transferencias tecnológicas. Pyongyang ha proporcionado apoyo militar a Moscú, y varios analistas consideran plausible un intercambio que incluya conocimientos estratégicos.
El desarrollo nuclear norcoreano también tiene implicaciones regionales inmediatas. Corea del Sur, junto a Estados Unidos y Japón, ha intensificado su coordinación en materia de seguridad, especialmente en el ámbito marítimo y de defensa antimisiles.
La posibilidad de una carrera armamentística en Asia oriental vuelve a estar sobre la mesa, con proyectos como submarinos de propulsión nuclear en Seúl que podrían requerir nuevos marcos de supervisión internacional. @mundiario