La Resistencia Estudiantil está a punto de provocar el cambio más profundo en la política interna de la UAEM en décadas: romper el monopolio de la representación estudiantil. No fue su objetivo inicial, pero la dinámica del conflicto los llevó directamente a ese punto. Y una vez abierta la puerta, ya no hay forma de cerrarla sin consecuencias.
Durante años, la FEUM ocupó —sin contrapesos reales— el espacio de representación formal del estudiantado. Un monopolio simbólico y administrativo que sobrevivió más por inercia que por legitimidad. Pero el conflicto actual expuso algo que muchos intuían y pocos decían en voz alta: la FEUM dejó de representar a la mayoría de los estudiantes hace mucho tiempo.
La Resistencia no creó esa crisis. Solo la evidenció.
Y ahora, con su demanda de reconocimiento legal como organización estudiantil, está haciendo lo que ninguna generación reciente había intentado: institucionalizar una alternativa. Convertirse en un actor formal, con personalidad jurídica, capaz de disputar espacios, interlocución y agenda.
Ese paso es vital para su supervivencia. Sin reconocimiento, el movimiento puede diluirse cuando termine el conflicto. Con reconocimiento, se convierte en un actor permanente dentro de la universidad.
Por eso la reacción fue inmediata. Y por eso fue tan intensa.
Quienes hoy detentan el monopolio —aunque sea simbólico— entendieron que esta vez la amenaza no es discursiva, sino estructural. No es una protesta pasajera. No es un pliego petitorio. Es la posibilidad real de que la UAEM deje de tener una sola organización estudiantil reconocida.
Ayer, cuando la mesa de diálogo se interrumpió, la puerta ya estaba abierta. La Resistencia había colocado su demanda central. La Rectoría había empezado a poner condiciones. Y la FEUM había recibido el mensaje más claro en años: su hegemonía ya no es intocable.
Los mensajes que recibí ayer reflejan ese enojo. Ese miedo. Esa sensación de que el terreno se mueve bajo los pies.
Pero conviene decirlo con claridad: yo no llevé a la FEUM a este punto. Tampoco lo hizo la prensa, ni la Rectoría, ni la Resistencia.
La llevaron quienes, durante años, no supieron ponerse del lado de sus representados. Quienes confundieron representación con administración. Quienes creyeron que el monopolio era eterno.
Un poco de autocrítica no les haría daño. No para lamentarse, sino para entender qué harán ahora para sobrevivir políticamente en una universidad donde, por primera vez en mucho tiempo, la representación estudiantil puede dejar de ser un privilegio y convertirse en una competencia real.
La Resistencia abrió la puerta. La comunidad decidirá si la atraviesa.
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