Del principio no hay memoria. Sabemos que a la nobleza española nunca le gustó hablar de dinero, no lo consideraba elegante. No mencionaban el origen de sus fortunas ni mucho menos los ingresos mensuales ni de las rentas anuales. Sospechamos del origen de algunos patrimonios consolidados. La mayoría de ellos proceden de rapiñas en las guerras, tráfico de armas, la esclavitud y, sobre todo, los turbios negocios alrededor de la monarquía, aunque están escasamente documentados. Sabemos que todos los reyes de España y sus camarillas engordaron las bolsas propias explotando a la ciudadanía. No era ilegal ni legal: era. Con la Constitución de 1812 y luego con la II República se pensó en cambiar el hábito pero no fue posible porque los tradicionalistas se encastillaron e, incluso, hicieron una guerra. Subyugaron a la otra mitad del país y con el poder entre manos perfeccionaron el sistema para seguir robando con impunidad desde Franco al más bobo de la cuadrilla. Algunos militares también accedieron al juego.
Llegada la democracia, con el progreso de la información libre, la burguesía franquista y el proletariado ilustrado propiciaron leyes de transparencia para establecer las relaciones del Estado con el capital y los empresarios. Fue una parte del truco, en paralelo nacieron las trampas con el fin de no perder la ancestral costumbre de ordeñar al erario público, esto es, apañar fondos provenientes de los impuestos que pagamos la ciudadanía al completo. Y ahí estamos, estancados en la financiación de los partidos políticos, el empoderamiento de los pillos, la complicidad de los banqueros y las adjudicaciones millonarias de obras públicas y trapicheos de organismos varios, así se mantiene vivo el viejo axioma: trabajando nadie se hace rico.
Quienes escribimos novelas, hacemos cine o teatro, sabemos que este contexto es una fuente inagotable de anécdotas y personajes que no pasarán a los anales de las crónicas pero resultan muy entretenidos y llenan millones de páginas para el olvido. Verá, al margen de las cuestiones económicas, de los fraudes y las condenas, la corrupción rampante se podría documentar y con ello escribir una cronología del hispanismo basada en los recipientes usados para el transporte del dinero sucio. En el viejo régimen la nobleza no lo tocaba, por no rebajarse. Iba de un bolsillo a otro en cartapacios llenos de papeles sellados, se acumulaba en arcones e incluso en tinajas de barro. De los banqueros no se fiaban. Precisamente fueron ellos los inventores de los dobles fondos en muebles y carruajes para cobrar y pagar con monedas y billetes. Ahí nació el dinero negro, denominado así por moverse en elegante recintos oscuros.
Después entraron en juego las carteras de cuero reforzadas y las valijas diplomáticas. Había llegado la era de la burguesía avariciosa y con ella los tejemanejes se vulgarizaron. Enseguida brilló el tráfico de influencias y el transvase de carteras se hizo peligroso, perdió prestigio. Los maletines y los paraísos fiscales llegaron de inmediato, con ellos los tecnócratas sustituyeron a la burguesía. El maletín se convirtió en símbolo y llevarlos a una reunión marcaba. Al perder solvencia el recambio vino con los usos del populacho: sobres de papel, fiambreras, cajas de zapatos, mochilas y bolsas de plástico. Pero no cualquier bolsa, no importa si reciclable o no, ha de ser la negra de basura. Esto es, como escuchamos en los juicios a políticos corruptos, la distinguida bolsa de basura negra se ha convertido en el símbolo de nuestro tiempo. Lo dicho parece ironía o broma, pero no, es marca España. @mundiario