
En un mundo donde el contenido que consumimos dura entre 30 segundos y un minuto, leer libros completos o publicaciones académicas se ha vuelto todo un desafío. Ya existen algunos estudios de diversas universidades que nos señalan dos cosas: la reducción en nuestra capacidad para prestar atención en periodos prolongados de tiempo y la migración de formatos para la obtención de conocimiento; lo que antes podíamos conseguir por medio de publicaciones en revistas científicas, ahora lo tenemos de forma resumida y en poco tiempo. No quiero que me malinterpreten; considero que las redes sociales y las herramientas de inteligencia artificial son de mucha ayuda para nuestro día a día, pero también creo que es necesario que reconozcamos el valor del conocimiento que se encuentra en los textos académicos, jurídicos y científicos.
La lectura es de mucha utilidad para nuestra vida diaria, por ejemplo, para desarrollar nuestra imaginación cuando leemos una buena novela, para conocer nuestra historia y, en la medida de lo posible, tratar de no repetir los acontecimientos que han golpeado a la humanidad, como las dos guerras mundiales, para desentrañar las ideas de grandes personas pensadoras como Platón o Aristóteles y para mantenernos informados sobre la actualidad.