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El Diario 18 Apr, 2026 17:03

Claudia y Maru toman el timón

En una época en la que casi todo el entramado electoral construido a lo largo de décadas —para expulsar al gobierno de la conducción de las elecciones, hacerlas competitivas y sacar el dinero ilegal y/o de origen incierto de las campañas— está saltando hecho pedazos, en una tarea primordialmente efectuada por el gobierno y los partidos de la 4T, a la que la oposición partidaria ha debido sumarse, so pena de desaparecer electoralmente, los gobernantes han salido a la escena política sin subterfugio alguno.

Igual que antes, pero ahora sin tantos resquemores, la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Maru Campos han resuelto operar directamente los procesos de los que emergerán los candidatos del próximo año.

La llegada de Citlali Hernández a la presidencia del Comité de Elecciones eso significa.

Por su parte, Maru ha presidido las reuniones de los aspirantes a la alcaldía de Chihuahua, la posición más importante del PAN para intentar mantener en su poder el gobierno del estado, y ha conversado largamente con quienes disputan la candidatura estatal.

La presidenta resolvió sustituir, en la práctica, a la presidenta de Morena —Luisa María Alcalde— al nombrar a quien hasta el jueves era titular de la Secretaría de la Mujer, para que dirija el proceso de selección de candidaturas y la concreción de alianzas.

¿Quién puede tener más poder que la presidenta de ese organismo, de un partido que vive solamente para las elecciones y en año de designación de candidatos?

En efecto, solamente la presidenta Sheinbaum.

De ese modo, se apresta a tomar bajo su control la designación de todos los candidatos e intentará colocar a los ‘suyos, suyos’ en todos los espacios de poder que se disputarán en junio del año próximo.

No es una frase: Claudia se juega, en la elección de diputados y de los 17 gobernadores, la sucesión presidencial de 2030.

¿Le dejará resquicios a los heredados de AMLO, tres de los cuales, por lo menos, se sienten con posibilidades de ungirse como el candidato ‘guinda’?

La disputa será en cada entidad y, en menor grado, en cada distrito federal. En estos podrá transigir, pactar, negociar.

No se vislumbra lo mismo en el caso de las gubernaturas.

¿Quién llegará más cerca del ánimo presidencial en julio próximo: Andrea o Cruz?

O, más bien, ¿a quién considerará más «confiable», no tanto para gobernar —ahí están los ejemplos de Rubén Rocha, en Sinaloa, y de Layda Sansores, en Campeche—, sino para que la acompañe en la sucesión presidencial?

Las primeras expresiones de Citlali, que han traslucido la preocupación presidencial sobre los numerosos casos de contradicción entre los postulados de Morena y la vida de escándalo de algunos morenistas —pocos, pero muy destacados—, podrían reflejarse en los perfiles de las candidaturas:
“Hace unos años, la encuesta sirvió para encontrar a los más competitivos e ir ganando posiciones. Y yo vengo a que se tomen las mejores decisiones para que en 2027 no solo triunfemos, sino que también quede claro que Morena sigue siendo un partido de gente buena, de gente honesta”. (Nota de Zedryk Raziel, El País, 17/04/26).

Ingente y no previsible tarea le espera.

¿Contará que es de las dirigentes formadas solo al calor de Morena?

¿Alcanzarán posiciones de poder los morenistas de ‘a pie’, los que trabajaron denodadamente para construir a este partido y que, hasta ahora, solo han visto cómo llegan a las posiciones de poder quienes proceden del PRI y del PAN?

Si esto se concretara en Chihuahua, sin duda Andrea sería la candidata. ¿Qué tanto pesará, en esa designación, su larga travesía como colaboradora cercana de Adán Augusto López Hernández, quien, a su salida de la coordinación de los senadores, la ‘destapó’ como la candidata de Morena?

Por otra parte, ¿qué tanto pesará, en la definición de la candidatura, contar con más o menos estructura, no solo operativa, sino orgánica al interior de Morena, como ahora posee Cruz?

Sirva de ejemplo lo anterior: ante las muy extendidas críticas que recibió la presidenta estatal, Brighitte Granados, por participar en el evento de la senadora Andrea Chávez —en el que los asistentes se pronunciaron en su favor—, optó por no asistir a la reunión del Consejo Estatal que habrá de realizarse el día de hoy y sumarse a un acuerdo que habrá de presentarse en ella, en el que se resolverá exigir a los dirigentes mantener una postura de ‘neutralidad’ frente a los aspirantes.

Granados argumentó que su ausencia obedecía al cumplimiento de sus «responsabilidades ante el Comité Ejecutivo Nacional». ¿Acaso no es presidenta del comité estatal?

Hizo lo mismo que meses atrás efectuó Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización del Comité Nacional, quien no acudió a la sesión del Consejo Nacional reunido ¡para discutir las tareas y la política de organización de Morena! ¡Ah, po’s el secretario de Organización no estuvo para discutir eso!

Así Granados ahora: la dirigencia de su partido se va a reunir para afinar reglas de las candidaturas y, para ella, es más importante celebrar la reunión del Comité Municipal de Madera.

N’ombre, el problema es que, luego de la decisión del grupo de Ariadna Montiel de apoyar a Cruz Pérez Cuéllar, el grupo de este, junto al de Montiel, casi alcanza los dos tercios del Consejo Estatal. ¡Nada!

¡Vaya trabajo el de Citlali! Ella no resolverá ni esta ni otras candidaturas, pero deberá llevarle a la presidenta el mejor y más completo perfil de la candidatura que más les conviene.

Más de algún morenista se molestará y argumentará que eso lo resolverán las encuestas.

Está bien que eso crean. Ni es el pueblo, ni es un método democrático, ni el más transparente.

Nada sustituye a las elecciones, sean internas de los partidos, de los consejos estatales o nacionales, ni a las elecciones abiertas a la ciudadanía.

Enfrente, la gobernadora, lógicamente, por la dimensión de la problemática estatal en comparación con la nacional, lo puede hacer más en ‘corto’ que la presidenta.

Ambas se juegan —y, con ellas, sus equipos— la visión de país, su permanencia en el poder y sus futuros personales.

Maru se juega la posibilidad de prolongar el número de triunfos consecutivos en el gobierno de Chihuahua (tres: el de Javier Corral, el de ella y el que iniciaría en octubre del 27) y elevar a 17 los años en el poder.

Pero, además, le apuestan a transitar la elección presidencial de 2030 con el gobierno de Chihuahua en manos del mismo equipo (o uno muy parecido), e influir en la candidatura presidencial a partir de fines del próximo año, posibilidad con la que coquetea no tan discretamente la gobernadora, sabedora de que hay otros perfiles quizá más hegemónicos en sus respectivos estados —las gobernadoras de Aguascalientes y Guanajuato— o el mismo Ricardo Anaya, que podría repetir como abanderado del blanquiazul.

No está fácil para el panismo: requiere mantener y elevar, si puede, el número y porcentaje de votos en la capital del estado y ganar todos los votos posibles en Juárez, para disminuir sensiblemente la ventaja que Morena mantiene en el antiguo Paso del Norte.

Además, requiere no perder votos en la región centro-sur del estado; cada voto que pierda —o que gane Morena— en esos lugares lo pondrá más lejos de Palacio de Gobierno.

Lograr lo anterior implica —y ese parece ser el principal objetivo de la frecuente e importante participación de Maru en el proceso— que no haya fisuras en el panismo; de ahí que las reuniones de los aspirantes a la alcaldía de Chihuahua se hayan convertido en uno de los eventos más importantes del blanquiazul.

Aspecto central para ambos bloques será el modo en que concreten las alianzas.

No parece que vayan en buen camino en el bloque oficialista. El modo en que maltratan a sus aliados puede depararles serias sorpresas, especialmente en lo que se refiere a las candidaturas.

Hace días anunciaron que los aspirantes del PT y el Verde se someterían a las listas de Morena con las que se efectuarían las encuestas, como si fueran parte de Morena, como una especie de grupos internos.

¿Y las negociaciones entre las dirigencias, en las que se preservan candidaturas en distintos puestos entre los partidos?

Asombra la soberbia con la que actúa la dirigencia morenista —y al decir dirigencia se incluye a la presidenta de la República, involucrada hasta el tuétano en la conducción partidista—, pues apenas vienen saliendo de una crisis interna que les imposibilitó cambiar las reglas electorales, que le negó aparecer en las boletas electorales a la presidenta; de ahí los resultados, entre ellos que el Verde les anunció que irá por su cuenta en San Luis Potosí.

Todo porque la presidenta se aferró a mantener una restricción que, en estricto sentido, no es una manifestación nepotista —la de no postular parientes de primero o segundo grado al mismo cargo—, pero que es un resabio heredado del ‘máximo líder y guía espiritual’, el de Macuspana.

No está tan elástica la cuerda y, si las dirigencias del PT y el Partido Verde ‘huelen’ que la 4T puede perder fuerza, nada les impedirá —y menos su pasado— buscar aires por su cuenta, solos o en compañía de algunos que hasta ahora consideraban ‘conservadores’.

En los meses anteriores, el tema de las alianzas se había limitado a la oposición; pero, con lo ocurrido en las semanas previas en la aprobación de los ‘Planes’ A y B de la presidenta, y un año atrás en las elecciones de Durango y Veracruz —en las que la alianza oficialista sufrió serios reveses—, ese tema no puede dejarse de lado: será, probablemente, uno de los factores determinantes de los resultados de las elecciones de 2027.

Sí, porque, hasta ahora, el anuncio oficial de Morena, PT y Verde implica solamente a las elecciones federales, pero no existe uno equivalente para el resto de los comicios.

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