NEZAHUALCÓYOTL, Edomex., 19 de abril de 2026.- No hay tribunas ni pasto perfecto, pero sí una postal que no se olvida: al fondo, una montaña de basura de casi 30 metros de altura vigila la cancha 1 como si fuera un muro gris. Ahí, en los campos llaneros junto al tiradero de Nezahualcóyotl, el balón rueda entre polvo, reclamos y ganas de olvidarse de todo.
El Manchester llegó con uniforme nuevo. Playeras impecables, números sin desgaste y la ilusión de romperla. “Equipo que estrena, gana”, repetían entre risas antes del silbatazo. Pero el llano no respeta tradiciones: terminaron perdiendo 2-1 y la leyenda quedó hecha pedazos desde el primer tiempo.
El partido arrancó con intensidad, pero también con fricción. El Brasil, su rival, jugaba más al choque que al toque. Cada balón dividido era una especie de llave de lucha libre: hombros, empujones y barridas que levantaban tierra y coraje.
Entre polvo, golpes y polémica
“¡Estos vienen a luchar, no a jugar!”, soltó un aficionado desde la banda, con una caguama en la mano. Y no era exageración. El Brasil se fue al frente entre rebotes y contactos, mientras el Manchester intentaba ordenar el juego sin mucho éxito.
En medio de la batalla apareció el otro protagonista: el árbitro. Un hombre de unos 60 años que prácticamente no corría. Desde lejos, pitaba lo que alcanzaba a ver —o a imaginar—. Marcó faltas donde no había y dejó pasar otras claras por no estar cerca de la jugada.
—“¡Árbitro, ni te acercas y ya estás pitando!”— reclamó un jugador del Manchester, cubierto de polvo.
—“¡Entonces corre!”, respondió alguien desde la banca, entre carcajadas.
La molestia crecía con cada decisión. Pero el juego nunca se detuvo. En el llano, discutir también es parte del partido.
Dos horas para olvidarlo todo
El calor, la tierra y el esfuerzo dejaron su marca. Al final del encuentro, los jugadores cargaban literalmente con el campo encima: cerca de un kilo de tierra en el uniforme, medio kilo en el cabello y hasta 250 gramos entre boca, nariz y ojos.
Aun así, nadie se retiró molesto del todo. Porque más allá del resultado, lo que se juega ahí es otra cosa.
—“Aquí vienes a olvidarte de todo, de la chamba, de la casa… aunque sea dos horas”— dijo “El Chino”, jugador del Brasil, mientras destapaba una cerveza.
—“Ganamos, pero mañana todo sigue igual. Por eso hay que venir”, agregó.
El marcador favoreció al Brasil 2-1, en un duelo más de empujones que de técnica. El Manchester, con uniforme nuevo y orgullo herido, aceptó la derrota entre bromas y promesas de revancha.
Al final, como dicta la costumbre, aparecieron las caguamas y los tacos de canasta. Sirven igual para festejar que para lamentar. Entre risas, reclamos al árbitro y anécdotas del partido, la tensión se diluye.
Porque en ese campo, con basura como paisaje y tierra como segunda piel, el fútbol no es solo un juego: es escape, desahogo y la única forma de ganar, aunque el marcador diga lo contrario.
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