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El Economista 20 Apr, 2026 21:02

Lo que escuché en un salón sobre la política en México

Estuve con jóvenes de los Planteles Azteca y la conversación me confirmó algo que muchas veces intuimos, pero que hoy ya está respaldado por datos, el problema no es que los jóvenes no quieran participar, es que han aprendido a desconfiar de la política.

En un ejercicio sencillo les pregunté quién quería dedicarse a la política. En salones llenos, apenas dos manos se levantaron. Y no es casualidad. Hoy, en México, 7 de cada 10 jóvenes desconfían de la política, mientras que el 65% se siente molesto cuando se habla del tema, de acuerdo con el estudio “La voz de los jóvenes en el contexto electoral” elaborado por Expansión Política.

Es decir, no estamos frente a apatía, sino frente a rechazo. Pero al mismo tiempo, hay una contradicción muy reveladora. Diversos estudios, como el de la Fundación Friedrich Ebert sobre juventudes en México, muestran que los jóvenes sí creen en la democracia, pero desconfían profundamente de los políticos que la representan. No están desconectados del sistema; están decepcionados de quienes lo operan.

Eso explica mucho de lo que vi en el aula. Jóvenes inteligentes, participativos, críticos… pero que no se ven a sí mismos dentro de la política. Y sin embargo, cuando uno rasca un poco más, te das cuenta de algo fundamental, ya están haciendo política, solo que no la reconocen como tal.

Los mexicanos hacemos política cuando nos organizamos se para cuidar la colonia con el vecino vigilante, cuando exigimos agua en una manifestación en la alcaldía, cuando ponemos una vara en el bache para que no caiga otro más, es decir, todos hacemos política cuando resolvemos lo que el gobierno NO. Lo que pasa es que erróneamente creemos que hacer política nada más es ir a votar.

El problema de fondo es delicado. Cuando los jóvenes mejor preparados, los más críticos deciden no participar, el espacio no se queda vacío. Lo ocupan otros. Y entonces la política deja de ser vocación para convertirse en refugio. Se convierte en el botín de la movilidad social. Ahí empieza la degradación.

Esto no es una percepción aislada. Hoy, es del conocimiento de todos que los partidos políticos se encuentran entre las instituciones con menor nivel de confianza en el país y esa desconfianza, como lo han documentado estudios académicos sobre cultura cívica en México, genera un distanciamiento profundo entre ciudadanía y sistema político.

Por eso, cuando un joven decide no involucrarse, no lo hace desde la indiferencia, sino desde una lógica que, en cierto sentido, es racional, no cree en quienes están ahí.

Pero justo ahí está el punto que tenemos que cambiar. Porque la política no es opcional. De la política depende si pueden llegar seguros a la escuela, si tienen maestros capacitados, si hay servicios en sus casas, si sus familias tienen empleo.  La política define el entorno e influye incluso en el precio de todo.  La política define la calidad de vida, aunque muchos no quieran verlo así.

Y también hay que decirlo con claridad, participar no termina en el voto. Hemos normalizado votar y desaparecer, votar y no exigir, votar y no pedir cuentas. Esa es una de las grandes fallas del sistema. Sin exigencia, no hay rendición de cuentas.

Por eso, lo que estamos haciendo en las aulas no es formar políticos, es algo más importante, formar ciudadanos que entiendan el poder que ya tienen. Porque los jóvenes no están desconectados, están mal orientados. Ya participan, ya se organizan, ya resuelven.

Lo que falta es que entiendan que eso que hacen todos los días también es política y la importancia de la misma en nuestras vidas. Estoy convencido que si educamos la importancia de la política en nuestras vidas tendremos ciudadanos muy diferentes en su relación con el gobierno y por ende un mejor país.

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