Héctor Zagal (profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
Ha pasado una semana desde que un hombre, completamente fuera de sí, entró a mi casa. Una semana desde que las más pequeñas dieron la voz de alarma. Una semana desde que mi familia tuvo que decidir, en cuestión de segundos, si resguardarse, acercarse, llamar, esperar, confiar. Una semana desde que llegaron las autoridades para decir, en esencia, que no podían hacer nada. Y una semana después, en efecto, no han hecho nada.
Lo he contado en varios medios. El pasado viernes 11 de abril, apareció en la calle donde vivo un individuo semidesnudo y completamente desorientado. Llamamos al 911 para que enviaran a una patrulla cuando el hombre se hincó a la mitad de la calle completamente desnudo. Al llegar la patrulla una oficial se limitó a pedirle al hombre que se subiera los pantalones, “por protocolo” eso es todo lo que podía hacer.
Tras una siesta en la acera, el hombre comenzó a deambular por la calle completamente desnudo hasta que se acercó a la puerta de mi casa. Logró vencer el pasador de metal y entró a mi casa. Las más pequeñas dieron la voz de alarma y llamaron al 911. Los mayores de mi familia se topan con el hombre está dentro del garaje de mi casa. A gritos, lograron sacarlo.
Llegaron otras patrullas. El tipo seguía fuera de mi casa, completamente desnudo y en presencia de los policías el individuo intentó forzar otra casa. Los policías nos advierten que seguramente el hombre se encuentra bajo la influencia del cristal (de ahí la fuerza para abrir la puerta de metal) pero que no pueden hacer nada contra él.
Lo inquietante es que pudo terminar muy mal. Conviene repetirlo porque el tiempo tiende a barnizar el peligro con una falsa sensación de desenlace. Como no ocurrió la tragedia, parece que la amenaza fue menor. Es una ilusión. Que una desgracia no se haya consumado no convierte en aceptable lo que pasó. Que nadie haya resultado herido no exonera a las autoridades de su deber.
Sigo sin respuesta de alguna autoridad. ¿Por qué los protocolos no protegen a los ciudadanos? Una persona intoxicada es un peligro, tanto para ella como para los demás. Así como a un automovilista en estado de ebriedad se le detiene en “el torito”, porque puede dañar a otros, una persona drogada también debería ser detenida. ¿Por qué parece que las autoridades necesitan de la tragedia para actuar? La tensa situación con ese hombre duró varias horas. La omisión de la autoridad, en cambio, ya cumplió diez días.