Dicen que gobernar es elegir. Pero hay elecciones que no vienen en boleta electoral sino en forma de acertijo shakespeariano: “ser o no ser”, “crecer o no crecer”, “importar o no importar” y ahora el dilema: “¿agua o gas?”. Así, con ese dramatismo de tragedia inglesa, la administración de la doctora Claudia Sheinbaum se asoma al fracking, esa técnica de romper la tierra, exprimirle el gas y de paso vaciarle el tinaco al país.
México posee, según cifras que entusiasman, 141,000 millones de pies cúbicos de gas natural. Una riqueza enterrada que nos guiña el ojo desde las profundidades como diciéndonos: “aquí estoy, sáquenme”. La tentación es grande, más si consideramos que el 75% del gas que consumimos, principalmente en la generación de electricidad, lo importamos de Estados Unidos.
Para no decidir a la ligera -lo cual ya es un avance en nuestra historia- el gobierno federal ha convocado a un comité científico para decidir la conveniencia o no del fracking. Uno imagina la escena: doctores en física, química y geología discutiendo qué es más grave quedarse sin gas o quedarse sin agua, mientras alguien pide otro café y otro pregunta si el agua de la cafetera también cuenta en el balance hídrico nacional.
Porque ahí está el detalle, el fracking requiere agua en cantidades que dejarían más que satisfecha a cualquier presa del norte del país. Un solo pozo puede necesitar hasta 100 millones de litros. Traducido al sistema métrico nacional: unas 4,000 pipas. Más o menos la cantidad de agua que se desperdicia cuando se rompe una tubería en la Ciudad de México y tardan en repararla.
Con el agravante de que los yacimientos están en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, regiones donde el agua es tan escasa que se han encontrado ranitas de año y medio que no saben nadar. Es decir, queremos sacar gas donde el agua ya está en modo ahorro extremo. La industria eléctrica necesita gas, pero la vida —humana, animal y vegetal— necesitan agua.
Según dijo el especialista en el tema, Ramsés Pech, las nuevas tecnologías permiten el ahorro y la reutilización del agua en un 60%, en la práctica del fracking; lo que mejora un poco el panorama. Pero la fracturación hidráulica tiene, además, impactos severos e irreversibles sobre el medio ambiente: afecta la calidad del aire y la estabilidad geológica.
¿Por qué no considerar otras tecnologías posibles y seguras para generar energía eléctrica?
¿Qué misteriosos intereses, qué cofradía de vampiros industriales, o qué sindicato de fabricantes de velas se opone a que México produzca electricidad con algo tan gratuito, puntual y democrático como el sol? Sale todos los días, no cobra comisión, no exige subsidio y jamás se ha declarado en huelga.
Recuerdo que en tiempos de Luis Echeverría —sexenio en el que se inauguraban hasta las intenciones—, se “inauguró” una planta de energía solar en San Luis de la Paz. Guanajuato. Aquello sonaba a futuro: paneles, ciencia, progreso, rayos del astro rey trabajando. ¿Y qué fue de ella? Quién sabe. Tal vez la guardaron en una bodega junto a la honestidad administrativa y otros proyectos nacionales extraviados.
Es nuestro país tenemos regiones donde el sol cae con entusiasmo y sin embargo seguimos actuando como si la luz solar fuera una utopia. En el norte sobran desiertos, espacio y radiación. Lo lógico sería sembrar paneles en vez de pretextos.
También poseemos viento en abundancia. Ahí está el Istmo soplando con disciplina de burócrata puntual. Pero no basta.
Así mismo tenemos el mar, inmenso, paciente, golpeando costas día y noche sin cobrar horas extras. Las olas podrían mover turbinas, generar energía mareomotriz, empujar al país hacia el siglo XXI. Pero preferimos que el mar sirva para fotos al atardecer.
México atesora sol, viento y mar. Lo único verdaderamente escaso parece ser la voluntad. Porque recursos naturales tenemos de sobra; lo que falta es enchufarlos.