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El Financiero 23 Apr, 2026 02:51

Política industrial y luego T-MEC

Dijo José Medina Mora que con el TLCAN y el T-MEC, la economía de México ha tenido un crecimiento “exponencial”, lo cual no es verdad, pero de esa apreciación se sigue la postura del Consejo Coordinador Empresarial de que el tratado debe continuar, a toda costa.

No está de más considerar que las exigencias que Trump llegue a imponer sean excesivas.

La preocupación por la suerte del T-MEC la tienen las empresas transnacionales que exportan desde México productos ensamblados con componentes que ellas mismas han importado antes; la comparten el empresariado mexicano vinculado a esos negocios y el gobierno de la 4T, que no acierta a transformar el modelo neoliberal que lo apostó todo a la integración con la economía de EU hace cuarenta años.

En esto no hay diferencia de la 4T con los gobiernos anteriores, y debería haberla porque la apuesta por la integración regional norteamericana, Canadá incluida, que sigue sosteniendo nuestro gobierno y empresariado, ha perdido vigencia ante la política rígidamente proteccionista con la que Washington intenta repatriar industrias y depender menos de Asia en el suministro de componentes estratégicos.

Lo que mueve las decisiones importantes de Washington es su necesidad de enfrentar los avances de China en vías de entronizarse como la economía hegemónica global; en esa confrontación, México no es un socio que pueda aportar conocimiento, tecnología o recursos naturales de los que carezca Estados Unidos.

En ese sentido, México no es un socio que interese a Washington; la inusitada recepción de la presidenta Sheinbaum en Palacio Nacional a la delegación de Estados Unidos encabezada por el representante comercial para la revisión del T-MEC, el embajador Jamieson Greer, fue un exceso de cortesía que no cambiará en nada la postura estadounidense.

Tras el encuentro con nuestra presidenta, siguieron reuniones en las que Greer dejó la impresión, entre autoridades y empresarios mexicanos que participaron, de que “el gobierno estadounidense ha adoptado una posición «más dura» en comparación con rondas previas de diálogo”, según lo dijo Medina Mora a la prensa.

Lo único que parece interesar a EU en la revisión del T-MEC con México es imponerle sus condiciones sin que haya, ¡faltaba más!, reciprocidad.

El comercio lo está usando Trump como instrumento de poder para estimular, proteger y subsidiar sectores dentro de su territorio, en los que Estados Unidos ha perdido terreno en ciencia y capacidades tecnológicas frente a China.

Esa pérdida de ventaja estadounidense en el dominio del conocimiento de vanguardia es el precio que le costó el neoliberalismo en su faceta de globalización, que llevó a las grandes corporaciones a instalar su capacidad fabril principalmente en China, donde encontraron menores costos y podían maximizar sus utilidades.

China se convirtió así en la fábrica del mundo y Estados Unidos en el insaciable consumidor, pagando por sus importaciones excedentes con la emisión de dólares de papel (A ello nos referimos en este espacio la semana pasada).

Fue precisamente el acelerado crecimiento del sector manufacturero lo que generó la necesidad en China de desarrollar conocimiento científico para traducirlo en capacidades tecnológicas de fabricación e innovación. Una industria manufacturera grande y compleja es la que hace necesarios los avances en tecnología; sin ella, el desarrollo de conocimientos y habilidades es innecesario. Así ocurrió por la «desindustrialización» estadounidense.

Los logros tecnológicos alcanzados por China la han posicionado con ventajas grandes en la mayoría de los sectores que son cruciales para dominar la economía global durante este siglo XXI, como es todo lo cibernético, desde semiconductores hasta Inteligencia Artificial; la transición de hidrocarburos a energías limpias; la farmacéutica y biotecnología; la seguridad militar, la exploración espacial y algunos más.

En ese juego, México nada tiene que aportar y por eso no forma parte de la estrategia económico-geopolítica de Washington; tenemos, en cambio, mucho que hacer para cambiar la apuesta de integración regional norteamericana con Canadá y Estados Unidos, adoptada por Salinas de Gortari “como el único destino posible de México” hace cuarenta años.

Nuestra economía ni ha tenido un crecimiento sostenido (tiene un estancamiento desde hace décadas), ni ha generado más empleos con mejores salarios, ni ha convergido tecnológica y productivamente con la de Estados Unidos y Canadá como se dijo que se lograría con el TLCAN.

Lo que sí ocurrió con ese tratado fue que se eliminaron requisitos a las inversiones extranjeras directas, como la de que sus productos tuvieran un mínimo de contenido nacional, y que se les otorgara “trato nacional” a las empresas extranjeras.

No por casualidad, el sector manufacturero de nuestro país lo dominan ahora empresas transnacionales; casi 90% de las exportaciones desde México son manufacturas que se realizan bajo el modelo de negocio de las maquiladoras y las ensambladoras.

Los principales productos de exportación ensamblados en México son vehículos armados por 15 empresas —ninguna de capital nacional— con 70% de componentes importados; el sector de autopartes también está dominado por empresas extranjeras que realizan sus investigaciones y desarrollo de tecnologías fuera de México.

Una transformación de enorme importancia que la 4T no ha contemplado es la redefinición de las relaciones comerciales con EU, no por voluntarismo, sino basada en el diseño e implantación de políticas industriales por sectores y regiones, que los gobiernos neoliberales de México sustituyeron con el TLCAN.

El resultado de esa sustitución es una economía que hace décadas que no crece.

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