
Por años cargué con la creencia de que ser fuerte, era no necesitar a nadie.
Lo aprendí bien, demasiado bien.
Veía a la dependiente y pensaba: yo nunca voy a ser así. Nunca voy a poner mi estabilidad en manos de alguien más. Hasta que caí en una relación codependiente y fui succionada por un remolino descendente del cual me costó muchísimo salir.
Y como era de esperarse regresé al otro extremo, al que conocía, al que parece sano, al que todos aplauden.
Al de la mujer independiente, esa que dice: yo puedo sola, esa que no pide, la que se va antes de sentir demasiado… y la independencia también me abandonó.
Leí libros, hice terapia, incluso fui a un grupo de CODA (codependientes anónimos). Escuché historias, conceptos, patrones. Aprendí palabras que sonaban poderosas: codependencia, apego ansioso, herida de abandono, las entendía, las repetía, las reconocía en otros.
Pero no en mí.
O mejor dicho… no del todo.
Porque con el tiempo, esas palabras también se volvieron mi escudo.
Cada vez que alguien se acercaba demasiado, decía:
—Esto no es sano. Es codependencia.
Cada vez que sentía que necesitaba a alguien, me decía:
—Tengo que trabajar esto, no puedo verme débil.
Y trabajé tanto en no necesitar… que lo logré.
No necesitaba a nadie, y nadie lograba llegar a mí.
Lo llamaba evolución, amor propio, o crecimiento, pero no era crecimiento, era distancia.
Era una distancia elegante, bien argumentada… y profundamente solitaria.
Porque la verdad es que no estaba libre, estaba blindada.
Y eso no lo entendí en el grupo, ahí escuché la teoría, ahí entendí el concepto.
Pero el verdadero golpe de conciencia vino después, sola, en silencio, cuando me di cuenta de algo que nadie me había explicado así de claro:
La dependiente dice: “sin ti no soy nada”.
La independiente dice: “no necesito a nadie”.
Y las dos, en el fondo, están diciendo lo mismo: no aprendí a vincularme sin que duela.
Yo no había sanado nada, solo me fui al extremo.
Tenía un discurso impecable, muy trabajado, muy consciente… pero también tenía una puerta cerrada.
Y con el pasar del tiempo reconocí que madurar emocionalmente no es dejar de necesitar, no es volverte intocable, no es ser la que “ya no se engancha”.
Madurar emocionalmente es otra cosa:
Es necesitar sin desaparecer, es abrirte sin vaciarte, es poder decir “te necesito” sin sentir que estás pisando tu orgullo, y eso no se aprende en teoría, se aprende temblando.
Se aprende la primera vez que dices lo que sientes sin saber si te van a sostener… o si te van a soltar, y no me soltaron al contrario aparecieron más personas que genuinamente me ofrecieron su apoyo, la primera vez que dejas de esconderte detrás de conceptos, la primera vez que te quedas… en lugar de salir corriendo.
Darme cuenta de que existe un lugar seguro y reconocer que yo también proyecto seguridad, simplemente fue una fórmula que se vivió sin decir nada solo sintiendo.
Hay partes de mí que jamás habría descubierto sola.
Y si cada vez que eso pasa lo llamo “dependencia” y huyo… no estoy sanando, estoy evitando.
Evitando justo el lugar donde puedo aprender algo nuevo, a vincularme sin perderme… pero también sin esconderme.
Con cariño: Marcela.
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