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AM 24 Apr, 2026 06:00

El imperio de la mentira

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El científico danés Niels Bohr, pionero de la física cuántica, dijo: “Lo contrario de una idea profunda es otra idea profunda”. Afecto a la discusión, subió a un autobús en Copenhague acompañado por Albert Einstein y comenzó a hablar de la indeterminación de las partículas subatómicas. Ese día, los intérpretes del universo demostraron su estimulante capacidad para estar en desacuerdo. Se contradijeron con tanto entusiasmo que el camión dio tres vueltas sin que ellos descendieran. Desconcertado, el conductor les preguntó: “¿Ustedes van a algún sitio?”. Iban al más sorprendente de todos, donde se esconde la verdad, pero aún no podían determinarlo.

La anécdota muestra la forma en que se fragua el conocimiento. Por desgracia, en el país más poderoso de la tierra las decisiones no se toman de ese modo. Trump ha sido capaz de afirmar que los haitianos comen gatos, que las inyecciones de cloro combaten el coronavirus y que el Tylenol provoca autismo. Sus mentiras rompen récords: el Washington Post reconoció 2,140 infundios en su primer año de gobierno (2017-2018).

Pero el viento está cambiando. A diferencia de lo que ocurre en la ciencia, donde una idea profunda se combate con otra de similar calado, los seguidores de Trump combaten una sospecha con otra sospecha. La empresaria Marjorie Taylor Greene es conocida por sus teorías conspiratorias. Comparó a los demócratas con el Partido Nazi, acusó a Bill Clinton de asesinato y apoyó campañas para aniquilar a Hillary Clinton y Barack Obama. Es antisemita, islamofóbica y defensora del supremacismo blanco. Estos antecedentes, que podrían pertenecer a un expediente psiquiátrico, la llevaron al Congreso en 2020. Su beligerancia fue censurada por los propios republicanos y en 2026 renunció a su escaño en protesta por el manejo del caso Epstein.

Convertida en opositora, cuestiona la veracidad del atentado que Trump sufrió en 2024, en Butler, Pennsylvania. No es la única que considera que se trató de un montaje diseñado para retratar al Presidente con el puño en alto y el rostro manchado de sangre. Lo significativo es que no considera necesario ofrecer pruebas. En el terreno de la posverdad, la verificación sale sobrando.

Un caso similar es el de Trisha Hope, representante de Texas en el grupo MAGA (Make America Great Again), que ganó notoriedad por el sombrero proselitista con el que se presentó a la convención republicana. También ella cuestiona la información que se dio sobre el tiroteo de Pennsylvania. “La familia de Corey Comperatore merece saber la verdad sobre Matthew Crooks”, escribió en X, aludiendo al sospechoso de asesinato. ¿En qué se basa para decir esto? En que Trump sólo mencionó una vez el tiroteo en el discurso con el que aceptó su candidatura. Podría tener razón, pero debería probarlo. Estamos, básicamente, ante un cambio de ánimo. Hope asistió a 42 mítines en favor de Trump sin notar nada raro. Con idéntico desparpajo, ahora lo repudia.

La mejor forma que Trump encuentra de salir de un problema consiste en crear otro problema. El reciente viaje del Papa León XIV por los países de África lo irritó sobremanera. El pontífice habló en Camerún sobre los nefastos efectos del colonialismo y contra el ataque a Irán. Trump lo insultó en forma iracunda y luego posteó una imagen de sí mismo, hecha con inteligencia artificial, en la que aparecía como el Redentor cuidando a un enfermo. El repudio de buena parte de la comunidad católica hizo que retirara la imagen y dijera: “No pretendía posar como Jesús, sino como un doctor”. Clint Russell, conductor del podcast conservador Liberty Lockdown, afirmó: “En 18 meses pasé de votar por Trump con reservas a pensar que se trata del Anticristo”. De inmediato, las redes se llenaron de mensajes destinados a probar que, en efecto, el inquilino de la Casa Blanca cumple con los requisitos de trabajo del demonio emboscado: blasfema, nunca le pide perdón a Dios, se sirve del espectáculo para engañar y se considera el Elegido. La discusión se ha desplazado a un terreno absurdo.

El movimiento MAGA convirtió la especulación en ideología y adiestró a sus feligreses a opinar sin argumentos. Lo novedoso es que ese discurso comienza a revertirse en contra de su principal usuario.

Vivimos una época marcada por el oscurantismo, a tal grado que dan ganas de que entre al siglo XVIII. Pero las luces no asoman por ningún sitio.

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