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Quadratin 24 Apr, 2026 08:14

A decir verdad

Un país que se acostumbró al horror

México atraviesa una etapa alarmante de descomposición social que ya no puede entenderse como una suma de hechos aislados. Lo ocurrido recientemente —un hombre que dispara sin control en Teotihuacán, una suegra que asesina a su nuera por conflictos familiares, un joven que arrebata la vida a dos maestras— no son solo titulares impactantes; son señales de un deterioro profundo que se ha ido normalizando con una inquietante rapidez.

Las cifras tampoco dan tregua: 4 mil 723 personas asesinadas en el primer trimestre de 2026. Pero el problema no es únicamente el número, sino lo que hemos hecho con él. Hemos reducido la tragedia humana a estadísticas, a conteos fríos que se consumen y se olvidan en cuestión de horas. Cada número representa una vida, una historia, una familia rota. Sin embargo, como sociedad, parece que hemos aprendido a mirar hacia otro lado.

Hace no mucho, este tipo de violencia parecía lejana, propia de películas de terror o de escenarios de ciencia ficción. Incluso, durante años, se asociaba con realidades ajenas, particularmente con el vecino país del norte. Hoy, esos episodios forman parte de nuestra cotidianidad. La violencia dejó de sorprendernos y, peor aún, comienza a dejarnos indiferentes.

Este fenómeno apunta a una deshumanización progresiva. Cuando la vida pierde valor, cuando el dolor ajeno deja de conmovernos, el tejido social se rompe. Y ese rompimiento no ocurre de un día para otro: es el resultado de años de abandono, de indiferencia institucional, pero también de omisiones colectivas que hemos permitido crecer.

En este escenario, resulta imposible ignorar el papel de la salud mental. Durante demasiado tiempo se ha relegado a un segundo plano, como si no fuera un componente esencial del bienestar social. La violencia que hoy estalla en las calles también se gesta en silencios, en frustraciones acumuladas, en entornos donde no existen herramientas para gestionar emociones, conflictos o crisis personales.

Pero no todo recae en lo individual. La familia, como núcleo social, también enfrenta un desgaste evidente. Cada vez es más común encontrar entornos fragmentados, relaciones marcadas por la violencia, la ausencia o la manipulación. Los procesos de separación, cuando no se manejan con responsabilidad, terminan afectando profundamente a los hijos, quienes cargan con consecuencias emocionales que pueden acompañarlos toda la vida.

Frente a este panorama, la responsabilidad es compartida. Mientras el país enfrenta una crisis que exige fortalecer a las familias, promover la salud emocional y reconstruir el tejido social, resulta preocupante que desde el ámbito legislativo no siempre se prioricen estas urgencias. En lugar de impulsar iniciativas sólidas que protejan y respalden a la familia, vemos como promueven Las Infancias Trans, que lejos de apoyar a niños, niñas y adolescentes, los confunden más y provocan en ellos serior problemas de identidad. Además de dejar de atender primero las bases fundamentales que hoy están claramente debilitadas.

Al mismo tiempo, la sociedad debe asumir su parte. Los cambios estructurales también comienzan en lo cotidiano: en la forma en que se construyen los vínculos, en la atención a la salud emocional, en la responsabilidad que implica formar y sostener una familia. Recuperar la empatía, reconstruir el tejido social y devolverle valor a la vida no es una tarea sencilla, pero es urgente. Porque detrás de cada cifra hay un rostro, y detrás de cada rostro, una historia que no debería terminar en tragedia.

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