Nos estamos jugando el futuro de Europa. Como hace un siglo nuestros antepasados el suyo. Que terminó, como sabemos, en el desastre del Nazismo, de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial. ¿Somos conscientes de ello? Creo que no. A pesar de que tenemos motivos para estar orgullosos de lo que hemos logrado en la Unión Europea.
Nunca sus 27 países miembros han tenido tantos años de paz como después de la Segunda Guerra Mundial. Nunca el desarrollo económico y social fue tan brillante y sostenido en el tiempo. Cada uno por su cuenta no pintaría ya nada política y económicamente en este mundo globalizado y dominado por gigantes como los Estados Unidos de América y China. Hasta Alemania perderá en dos décadas su sitio en el G7. Muchas crisis mundiales – la financiera de 2008, la de la covid en 2020 o la de la seguridad europea, por la invasión de Rusia en Ucrania hace 4 años – han sido gestionadas con mayor eficacia a nivel europeo. Los países del Sur y Este, que entraron más tarde en el Club Europeo, fueron capaces de progresar rápidamente, porque Bruselas puso a su disposición dinero e instrumentos para fomentar su desarrollo. Y hoy, el atractivo de la Unión Europea sigue siendo tal, que muchas naciones fuera de ella quieren incorporarse lo antes posible. Hasta Canadá le ha estado dando vueltas al tema. Y que autócratas como Donald Trump y Vladimir Putin quieren hacerla fracasar por todos los medios. Como se demostró en las últimas elecciones generales en Hungría. Por suerte, a ambos les salió el tiro por la culata.
Fueron personalidades tan variadas como Salvador de Madariaga y Winston Churchill, Thomas Mann y Jürgen Habermas, Robert Schuman y Konrad Adenauer, Jean Monnet y Alcide de Gasperi, entre muchas otras, las que promovieron la idea de unir a los pueblos en Europa, no solo para dejar atrás tendencias nacionalistas y fascistas, también para superar la atomización de Europa en pequeños estados, para crear una Europa de la solidaridad y colaboración humana, para honrar una civilización que bebe de las mismas fuentes filosóficas y culturales, y – muy importante – para conseguir que Alemania se integrara en Europa en vez de querer dominarla.
Sin soberanía militar, financiera y tecnológica, la UE corre el riesgo de convertirse en un actor subordinado
A estas razones de ayer hay que añadirle hoy los cambios que se están dando en el mundo, con grandes imperios como los Estados Unidos de América o China, que combinan un poderío militar y tecnológico inigualable con una voluntad siempre más acusada de hacer saltar por los aires las normas globales, la democracia y el multilateralismo, hasta hace muy poco pilares del viejo orden internacional que se derrumba. Como se podía leer en El País el pasado domingo: “Las normas y procedimientos, el respeto del derecho y la cooperación son la razón de ser de la UE, pero no basta en un mundo de potencias depredadoras. Sin un poder robusto que respalde ese orden, la influencia europea y la defensa de sus intereses serán limitadas. Sin soberanía militar, financiera y tecnológica, la UE se arriesga a convertirse en vasallo político de EEUU o económico de la China de Xi Jinping. Sin una capacidad defensiva plenamente autónoma de Washington, los europeos estarán a merced de Putin y su propósito de dominar Ucrania”. Porque, en opinión del ex ministro de Asuntos Exteriores alemán Joschka Fischer, “Putin no se detendrá, seguirá avanzando hacia Occidente”.
Hay muchas voces críticas sobre el trabajo de la Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo. Que sus decisiones se toman a paso de tortuga y no son transparentes. Que su afán regulatorio es excesivo. Que la burocracia interna es indescifrable. Que la profesionalidad de algunos de sus comisarios es cuestionable. Que su política de comunicación es pobre. Admitiendo que en muchos casos estas voces tienen razón, hay que entender que la culpa es de sus 27 países miembros, que quieren que Bruselas funcione como lo hace actualmente. Porque sus fallos son más bien el resultado de fallos en el sistema:
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La Comisión, liderada por Ursula von der Leyen, solo puede hacer propuestas en los ámbitos en los que haya sido autorizada por los estados a través de los tratados de la Unión Europea. Son el mercado interior, competencia, comercio, agricultura, energía, medio ambiente, salud, asuntos sociales y acción exterior (cooperación internacional, comercio justo y vecindad). Sus 27 comisarios se reúnen normalmente una vez por semana. Toman decisiones de forma colegiada y, en caso de discrepancias, deciden por mayoría simple.
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Sus propuestas tienen que pasar por el filtro del Consejo Europeo para su aprobación y del Parlamento Europeo para su convalidación en el marco de procesos legislativos ordinarios. El Consejo de la UE se reúne habitualmente una vez por semestre. Pero su presidente, actualmente el portugués António Costa, puede convocar reuniones extraordinarias, si así lo desean él o algunas capitales europeas. Además, hay reuniones por áreas de los 27 ministros competentes, que son más frecuentes. En el Parlamento, medidas propuestas por la Comisión y convalidadas por el Consejo pasan por las comisiones correspondientes y, al final, son sometidas a votación en el pleno.
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La Comisión tiene la potestad de supervisar las decisiones aprobadas y hacerlas cumplir. Está organizada en 39 direcciones generales y se estima en 32.000 el número de funcionarios en plantilla. En comparación, en España solo la Administración del Estado central cuenta con casi 300.000 funcionarios.
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Pero no es la falta de personal el mayor problema de la Comisión, como explican fuentes internas. Son las negociaciones con el Consejo para buscar mayorías absolutas – por ejemplo, en política exterior – o cualificadas – el sistema de voto vigente mayoritariamente desde el Tratado de Lisboa de 2014 y que requiere el doble voto afirmativo: el 55% de los 27 Estados miembros, es decir, 15, que tienen que representar al menos el 65% de la población total de la UE. Por tener que poner de acuerdo a Emmanuel Macron y Giorgia Meloni, Friedrich Merz y Robert Fico, Pedro Sánchez y hasta ayer Viktor Orbán, etc. Como también con el Parlamento Europeo, por su gran variedad de partidos, coaliciones, rivalidades nacionales, etc.
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Estas negociaciones demandan de la Comisión mucha paciencia y perseverancia, así como un alto grado de diplomacia y poder de convicción. A todo eso se le añaden las dificultades para implantar las medidas aprobadas, a veces por incompetencia, a veces por resistencia de los Gobiernos nacionales.
El principal obstáculo para avanzar en la integración europea sigue siendo la resistencia de los propios Estados miembros
En definitiva, la Unión Europea en su estado actual es un constructo difícil de gestionar. Y que crea frustraciones. Porque avances en el mercado único y la unión bancaria, propuestos hace tiempo por Mario Draghi y Enrico Letta, no encuentran el consenso necesario, lo que lastra la competitividad de la economía europea. Porque un acuerdo comercial con Mercosur, hoy día más necesario que nunca, es rechazado por ciertos gobiernos nacionales que temen la reacción de sus sectores agrarios. O porque proyectos comunes para conseguir más independencia digital de los Estados Unidos y China se pierden en el laberinto de las regulaciones nacionales.
Culpables son los líderes de los 27 países miembros. Su resistencia a ceder competencias a Bruselas tiene que ver con el pánico a perder protagonismo y poder político. Lo que llevó al filósofo alemán Jürgen Habermas a pronunciar en su último discurso público relevante en noviembre de 2025 en Múnich las siguientes palabras: “Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo duro de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha sido tan improbable”. @mundiario