En la historia existe solamente un registro de un evento extraordinario de generación espontánea: la multiplicación de los panes y los peces. Un episodio de carácter excepcional en el cual frente a una multitud y con una provisión insuficiente, lo escaso no solamente alcanzó, sino que incluso llegó a sobrar. Aquí, conviene recalcar algo desde el principio: esto se trató de un milagro.
Un evento así, no es ni de cerca un modelo operativo, una política replicable o una guía técnica para la planeación de recursos. Sin embargo, al decretarse la universalidad de un sistema de salud sin que existan los medios para su sostén, la tentación de evocar este precedente se vuelve inevitable. Pareciera ser, otra vez, que con la voluntad plasmada en el Diario Oficial de la Federación, basta para que hospitales, médicos, medicamentos y reactivos se multipliquen con la misma generosidad de hace más de dos mil años.
Aspirar a que haya garantía de servicios de salud para todos es encomiable. Nadie razonable podría oponerse a que la atención médica sea un derecho y no un privilegio, sin embargo, el problema no es el ideal, sino los mecanismos. Porque, hasta donde la evidencia alcanza, los sistemas de salud no tienen registros de respuesta sobrenatural. No hay ningún antecedente de que con un decreto se haya subsanado la escasez de recursos en salud o que la fe administrativa haya resuelto el desabasto de insumos.
Es innegable que los sistemas sanitarios operan bajo leyes menos poéticas: presupuestos que deben alcanzar y cuadrar, cadenas de suministro que pueden romperse, personal que se agota o equipos que se desgastan. En ese mundo, el real, la multiplicación espontánea de recursos no es ni de cerca una variable contemplada, sin embargo, cuando se actúa como si lo fuera, el resultado no suele ser un milagro sino la multiplicación de carencias.
En los últimos años se ha argumentado que, con mejor organización, lo “poco” puede rendir más. En efecto, esto es cierto hasta cierto punto, pues la eficiencia importa, la coordinación trasciende y la transparencia impacta. El problema es que incluso la mejor gestión presenta límites terrenales y ningún sistema, por más ordenado que sea, puede distribuir lo que no existe. La logística puede optimizar, pero es incapaz de crear de la nada.
Ahora, hay otro riesgo: el de confundir cobertura con atención de calidad. El declarar que “todos tienen acceso” es relativamente fácil, pero, garantizar que ese acceso ahora se traduzca en diagnósticos oportunos, tratamientos efectivos o condiciones dignas es otra historia, una menos milagrosa y considerablemente más costosa.
Escribir este texto como sátira, podría ser innecesario, pues los recursos existen, pero se pierden en la fragmentación, ineficiencia, incompetencia o decisiones a corto plazo. Por ello, la “multiplicación” que se requiere no es de origen divino, sino institucional: menos duplicidades, mejor gestión y mayor rendición de cuentas. Es importante recalcar que nada de esto implica prodigios, sino más trabajo sostenido.
Ahora bien, estimado lector, la historia de los panes y los peces sigue siendo valiosa, pero por razones distintas a las que algunos en el poder quisieran extrapolar. Nos sirve para recordar que los milagros, por definición, no son programables ni replicables. Sirve para entender que fuera de este contexto, el de lo divino, cuando se trata de sistemas de salud lo único que ha demostrado funcionar es algo mucho menos espectacular: planeación seria, inversión y financiamiento robustos y toma de decisiones difíciles.
Importante: a menos que alguien demuestre lo contrario, la cobertura universal de salud no cuenta al momento con intervención divina en su presupuesto.
* Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.