La madrugada en Malí no ha traído calma, sino pólvora. El Ejército ha confirmado una ofensiva armada en varios frentes contra cuarteles militares en Bamako, la capital, y en otras ciudades estratégicas como Kati, Gao, Mopti y Kidal. Según el Estado Mayor, los combates continúan y las fuerzas de seguridad intentan “neutralizar” a los atacantes. En paralelo, la población ha recibido el mensaje habitual en estos contextos: serenidad, vigilancia y esperar.
Pero Malí ya no es un país donde se pueda “esperar” sin consecuencias. Cada ataque es una grieta más en un Estado que lleva años desangrándose entre el yihadismo, las rebeliones separatistas y el autoritarismo militar.
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— Visegrád 24 (@visegrad24) April 25, 2026
Al Qaeda in Mali (JNIM) & Tuareg separatists of FLA have launched a nationwide offensive against Mali’s junta & its Russian allies
They’re reportedly successful, having entered the capital city Bamako &Taureg capital Kidal
It’s looks like Mali is falling to jihadists pic.twitter.com/icpZPqQRjM
Un ataque que apunta a una alianza peligrosa
Aunque nadie se ha atribuido la autoría, todas las miradas se dirigen a dos actores que llevan tiempo moviendo las piezas del tablero: el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, y el Frente de Liberación para el Azawad (FLA), de base tuareg. La posibilidad de una coordinación entre ambos no es nueva. Ya en marzo se hablaba de contactos para lanzar operaciones conjuntas contra el Ejército maliense y sus aliados, incluidos mercenarios rusos del antiguo Grupo Wagner, ahora integrados en el Africa Corps.
La gravedad de esta hipótesis es evidente. Si yihadistas y tuaregs convergen en objetivos militares, no hablamos solo de ataques puntuales, sino de una estrategia más amplia para aislar Bamako y erosionar la capacidad del Estado. De hecho, la ofensiva llega tras meses de ataques contra rutas de combustible que estuvieron cerca de asfixiar la capital. En una guerra moderna, cortar el suministro es tan eficaz como conquistar una ciudad.
El Sahel atrapado en un círculo de golpes y violencia
Malí es hoy el símbolo más claro del fracaso acumulado en el Sahel. La junta militar, liderada por Assimi Goita, llegó al poder tras dos golpes de Estado en 2020 y 2021. Desde entonces, ha tejido una alianza regional con Burkina Faso y Níger, también gobernados por militares. El relato oficial se apoya en el rechazo a Francia, antigua potencia colonial, y en un giro hacia Rusia como socio de seguridad.
Sin embargo, la violencia no ha disminuido. La región sigue siendo un corredor abierto para grupos armados que aprovechan fronteras porosas, pobreza extrema y un abandono institucional crónico. La idea de que sustituir a Francia por Rusia resolvería el problema ha demostrado ser un espejismo. Cambiar de aliado no equivale a construir un Estado.
La seguridad no se sostiene únicamente con soldados. Se sostiene con justicia, servicios públicos, oportunidades económicas y legitimidad política. Y precisamente ahí es donde Malí falla de manera estructural.
Cuando la fuerza sustituye a la política
El golpe más duro no lo han dado solo los grupos armados, sino el propio régimen militar al incumplir su promesa de devolver el poder a los civiles en marzo de 2024. En julio de 2025, el sistema se cerró aún más: Goita recibió un mandato presidencial de cinco años, renovable indefinidamente y sin elecciones. En la práctica, un cheque en blanco.
Y cuando un gobierno deja de rendir cuentas, pierde algo más importante que el apoyo internacional: pierde autoridad moral ante su propia población. Ese vacío es terreno fértil para que los grupos armados se presenten como alternativa, aunque su proyecto sea abiertamente violento o sectario.
Malí se parece cada vez más a una casa con el tejado en llamas y las puertas bloqueadas desde dentro. La solución no pasa por más propaganda militar, sino por un plan político real: transición democrática verificable, diálogo territorial serio y una estrategia de seguridad que proteja a los civiles, no solo al régimen.
Si Bamako sigue defendiendo el poder como si fuera un cuartel, el país acabará convertido en un campo de batalla permanente. Y entonces ya no importará quién gobierne, porque no quedará nada que gobernar. @mundiario