Una ciudad no se prepara solo para 90 minutos
En menos de 50 días, el Estadio Azteca volverá a colocar a la Ciudad de México en el centro de la conversación global. Y con ello aparece la pregunta de siempre: ¿estamos listos?
Pero esa pregunta, así planteada, parte de un error.
Una ciudad no debería medirse por su capacidad para recibir un evento, sino por su capacidad para sostener la vida cotidiana de quienes la habitan. Más que preguntarnos si estamos listos para el Mundial, tendríamos que preguntarnos algo mucho más importante: ¿la ciudad está lista para vivirla todos los días?
La respuesta es incómoda.
Hoy, para millones de personas, la ciudad no se vive: se sobrevive. El día empieza y termina en trayectos interminables que fácilmente superan las dos horas por sentido, en sistemas de transporte que no solo son ineficientes, sino inseguros y muchas veces indignos. Ese tiempo no es menor: es vida que se pierde, desgaste acumulado, calidad de vida que se deteriora todos los días.
Y a eso se suma la incertidumbre permanente.
Una manifestación que paraliza la ciudad, una falla más en el Metro, un accidente de transporte público, una lluvia que vuelve a evidenciar que el drenaje no funciona. No son excepciones: son parte de la rutina.
Cuando finalmente se llega a casa, la tranquilidad tampoco está garantizada. La conversación ya no es cómo estuvo el día, sino qué problema apareció ahora: si hubo agua, si pasó la basura, si el bache creció, si el árbol que lleva años sin mantenimiento finalmente cayó.
Son pequeñas cosas que, acumuladas, explican todo: una ciudad que ha sido abandonada en lo esencial.
Y nada de esto es casualidad. Es el resultado de años sin planeación, de gobiernos que han preferido administrar los problemas en lugar de resolverlos. De decisiones que se han pospuesto mientras la ciudad crece sin orden y sin rumbo claro.
En ese contexto llega el Mundial.
Y llega, además, después de ocho años en los que la ciudad pudo haberse preparado.
Ocho años que no debieron servir solo para organizar un evento, sino para transformar la ciudad de fondo: invertir en movilidad, mejorar servicios básicos, fortalecer la infraestructura y hacer la ciudad más habitable para quienes viven aquí todos los días.
Pero eso no pasó.
Lo que vemos hoy es una reacción tardía. Obras a contrarreloj, baches que se tapan de último momento, calles que se reencarpetan, muros que se pintan. Intervenciones pensadas para lo visible, para lo que se verá en las cámaras, no para lo que vive la gente.
El problema es que una ciudad no se transforma con pintura ni con soluciones improvisadas.
La llamada “calzada flotante”, ciclovías mal planeadas o intervenciones hechas con prisa no son muestra de planeación, sino de urgencia. Son obras que difícilmente van a sostenerse en el tiempo y que, cuando el evento termine, dejarán al descubierto lo que no se quiso atender.
Porque cuando las cámaras se vayan, la ciudad va a seguir siendo la misma para quienes la habitamos.
Y ahí es donde se revela el verdadero error:
el Mundial nunca fue el reto, era la oportunidad.
La oportunidad de replantear la ciudad desde lo estructural. De hacer inversiones que dejaran beneficios duraderos. De resolver problemas que llevan años afectando la vida cotidiana.
Pero en lugar de eso, se eligió el camino corto: el maquillaje, la apariencia, la foto.
Y eso no alcanza.
La Ciudad de México necesita mucho más que estar lista para 90 minutos.
Necesita estar lista para millones de personas todos los días.
Porque gobernar una ciudad no es prepararla para un evento.
Es hacerla funcionar.
La nota Sin tanto Roy-o apareció primero en Quadratín México.