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Radar Inteligente
24 horas 30 Apr, 2026 00:01

El costo de vivir

Hoy en día se escucha por todos lados –y particularmente entre las generaciones más jóvenes– que vivir es más caro, que antes era posible construir patrimonio, mientras que hoy eso parece cada vez más lejano. Y aunque pueda sonar como queja generacional, los datos empiezan a respaldar esa sensación.

Para ponerlo de manera más clara: en marzo de 2026, la tasa de desempleo en México se ubicó en 2.8%, el nivel más alto en más de dos años, con un millón 493 mil 774 personas buscando trabajo activamente. A esto se suma un mercado laboral frágil, donde más del 54% lo hace en la informalidad, y una proporción creciente necesita más horas o un segundo ingreso para cubrir sus necesidades. Es decir, el problema no es sólo encontrar trabajo, es que ese trabajo alcance.

Lo anterior cobra relevancia puesto que, en los últimos ocho años, la canasta alimentaria aumentó 67%, muy por encima de la inflación general, que fue de 45%. Esto implica que los bienes más básicos son los que más presionan el gasto de los hogares. Por ejemplo, una persona en zona urbana necesita alrededor de 2,571 pesos mensuales sólo para cubrir su alimentación básica; hace unos años, bastaban poco más de 1,500. Y si se suman otros gastos esenciales, como transporte o servicios, el ingreso necesario para no caer en pobreza por ingresos asciende a casi 5 mil pesos mensuales que, para una familia de cuatro integrantes, implicaría tener 20 mil pesos para subsistir.

En ese marco, mientras el costo de lo básico crece de forma acelerada, el mercado laboral muestra señales de debilitamiento con pérdida de empleos en sectores como manufactura y construcción, menor dinamismo en servicios y una caída en la generación de plazas formales. A ello se suma la desaparición de miles de registros patronales en los últimos años, reflejo de empresas que cierran o migran a esquemas informales.

Además, hay factores que amplifican esta presión. El encarecimiento de los energéticos, particularmente la gasolina, sin duda, impacta directamente en los costos de transporte y logística, lo que termina trasladándose a los precios de los alimentos. De ahí que productos básicos, como el jitomate, hayan registrado incrementos de hasta 126% en algunos contextos.

Dichas circunstancias comprueban esta queja generacional, pues en la actualidad diversos hogares están generando ajustes silenciosos; donde las decisiones de consumo —qué comprar, cuánto gastar, incluso qué dejar fuera— se están tomando con calculadora en mano, es decir, ya no por preferencia, sino por restricción.

Es por ello que estamos frente a una presión doble, pues no se trata sólo de inflación alta o de falta de empleo, sino de la interacción entre ambos. En ese sentido, lo que vemos hoy si bien no es necesariamente una crisis abierta, sí es una presión acumulada. Una en la que trabajar no siempre alcanza para vivir con holgura. Por eso, más allá de hablar sobre percepciones generacionales, debemos volver a ver los datos que demuestran la dificultad de costear una vida que antes era normal.

 

  • Consultor y profesor universitario
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