
Sin ironías, conozco a dos o tres personas con la cabeza bien amueblada que celebran la propuesta de una mujer de nombre Mariana Mazzucato, a la que –aclaro– no he leído, según la cual es muy importante que el Estado se vuelva, dice, “emprendedor”. Hasta donde he visto, así, a vuelo de pájaro, suena como al enésimo sueño húmedo paraestatal, nada más que dicho con más gracia –la tiene– que la propia de los estatistas setentones, dotados, en general, de la misma chispa de, digamos, un Pablo Gómez. No voy a entrar a esa discusión. No tengo elementos.
Con todo, sí que quiero lanzarle un reto desde esta tierra, la de la 4T, a doña Mariana: mande a quien quiera a hacer emprendedurismo con los chairos, sin límite de tiempos o recursos, y vemos qué tan bien funciona la teoría en su versión mexa.
Aquí, el emprendedurismo del sector público lleva entre sus logros los cuatro “incidentes” en Dos Bocas en 23 días, incluido un incendio que costó varias vidas; el descarrilamiento del Interoceánico, con otras 14 muertes, el más grave pero no el único de los que sufrieron en pocos meses los trenes obradoristas: seis; la vacuna Patria, que sigue sin aparecer y estaba destinada a frenar la primera, repito: primera cepa de Covid; los ventiladores contra la misma enfermedad, más peligrosos que una bomba de vulcanizadora; Mexicana, que no requiere de más explicaciones; la red social impulsada por AMLO, esa que iba a poner a temblar a Twitter y que te exigía recibir un correo electrónico de invitación para dar de alta una cuenta, o el “Felipe Ángeles”, orgullo de Zumpango y aldeas circunvecinas.
Así que, apreciable doctora Mazzucatto, mándennos a los más encumbrados hombres de ciencia, administradores y entrepreneurs del planeta Tierra, ponga toda la capacidad creativa, el conocimiento técnico y el espíritu emprendedor de China, Japón, Corea y la Unión Europea a nuestra disposición, con los bolsillos forrados de dólares o de la divisa que más convenga, y aquí vamos a salir tarde, cara y opacamente con un magnífico anafre de leña, una colosal locomotora movida con huachicol, un circuito turístico con los estándares de un hotel cubano o, faltaba más, un revolucionario trapiche.
Eso sí, con dos o tres nuevas fortunas instantáneas, derivadas de la empresa hecha al vapor de un bróder del primo de, consagrada a, digamos, producir ruedas de trapiche o muebles de baño para hotel, y, sobre todo, con la enorme felicidad de que, según nos ha informado usted, el capitalismo vive ya sus últimos estertores.
@juliopatan09