
Los campesinos de una cuenca de General Cepeda tienen años luchando por sus derechos, que para ellos, como ejidatarios, son unos cuantos: su posesión de la tierra, el agua que les corresponde por ley y los apoyos necesarios para la producción; digo, además de los que tiene cualquier mexicano.
Pero los políticos determinaron que México no necesita a los campesinos. No les importa la producción de comida ni el cuidado del campo y han decidido, como buenos neoliberales, que los ejidatarios no hacen falta, que su lugar está en la ciudad, aunque no para que sean citadinos, sino para encerrarlos en las fábricas como mano de obra. En todo Saltillo, Ramos Arizpe y ahora Arteaga, uno puede ver que la oferta de trabajo es abrumadora. Hay comercio de obreros por doquier y los empresarios requieren de obreros.