
A medida que las mujeres se abrían paso en los espacios públicos, en la vida política y en las oportunidades laborales, también comenzó a intensificarse la presión sobre los llamados “ideales de belleza”. ¿Es esto una coincidencia? ¿O responde, más bien, a una estrategia deliberada del mercado dirigida hacia las mujeres?
En su libro El mito de la belleza, Naomi Wolf explica cómo diversas industrias se han beneficiado de inseguridades que han sido inculcadas socialmente y que, con el tiempo, muchas hemos terminado por asumir como propias. La industria dietética, cosmética, quirúrgica e incluso la pornográfica se configuran hoy como las nuevas formas de opresión. Era necesario sostener una ideología que nos hiciera sentir menos valiosas, como contrapeso a un feminismo que comenzaba a fortalecernos.
Y para lograrlo, como señala Wolf, no hizo falta una “gran conspiración”, bastó con construir una atmósfera constante: anuncios en los lugares correctos, bombardeo en redes sociales, la omnipresencia de marcas millonarias.
Fue con el tiempo que comencé a dimensionar el esfuerzo, la energía y el dinero que invertía en cambiar de ropa, depilarme, adelgazar, arreglarme el cabello, seleccionar la comida y maquillarme, no desde el autocuidado, sino desde la validación externa. Entonces lo vi con claridad: mientras perseguía un ideal inalcanzable, el tiempo se me escurría entre las manos. Mis sueños más genuinos estaban siendo postergados por exigencias que nunca terminaban. Me estaban arrebatando lo más valioso que tengo para ofrecer: mi tiempo.
Había estado distraída, inmersa, alimentando, sin darme cuenta, a una industria en la que el producto era yo misma. No fui consciente de cómo el sistema se había infiltrado en mis creencias hasta que, frente al espejo, siempre encontraba algo que “tenía que arreglar”. Aparecía ante mí un estereotipo perfecto e inalcanzable: sin asimetrías, sin poros, sin defectos ni imperfecciones.
No es sólo una experiencia individual. La sociedad ha premiado históricamente a quienes encajan en ese canon: reconocimiento, estatus y atención. Ese refuerzo constante configura la cultura de masas. Es fácil sentirse excluida y, al mismo tiempo, creer que sabemos lo que “necesitamos” para ser aceptadas. Pero todo eso no es más que una ilusión cuidadosamente construida.