Cada tres de mayo el calendario marca una fecha que no se celebra del todo; más bien se siente. Hay algo en ella que incomoda, que obliga a mirar de frente. Desde 1993, cuando la UNESCO estableció el Día Mundial de la Libertad de Prensa, se nos recuerda un derecho que parece simple, casi cotidiano: decir y saber. Pero no lo es. Nunca lo ha sido.
La libertad de prensa no nació en decretos ni en discursos solemnes. Viene de más atrás, de una necesidad humana casi primaria: contar lo que ocurre, incluso —y sobre todo— cuando molesta. Por eso su historia está hecha de tensiones. De imprentas vigiladas, de páginas censuradas, de voces perseguidas.
En México, esa historia tiene su propio peso. No es ajena ni distante. Desde los periódicos insurgentes hasta la tinta clandestina, la palabra ha sido una forma de riesgo. Aquí, escribir nunca ha sido un gesto inocente. Es una toma de postura, una manera de estar en el mundo.
En ese trayecto aparece la obra de Teresa Gil Gálvez. Su libro “La libertad de expresión, un botín”, presentado como tesis en 1972, no se queda en lo académico. Es más bien una mirada directa, sin rodeos, a la relación entre el poder y la prensa. Ahí se entiende cómo la palabra fue contenida desde la Nueva España, cómo la libertad de imprenta avanzó y retrocedió según los intereses de cada época.
Su recorrido es claro, pero no complaciente: de la censura colonial a la Constitución de Cádiz de 1812; de Apatzingán a la de 1857, donde por primera vez se reconoce como inviolable el derecho a escribir. Y, entre esos momentos, las contradicciones: una prensa que a veces se somete, y otras que resiste. Voces como la de Ricardo Flores Magón, que hicieron de la palabra una forma de confrontación.
Leer esa historia deja una certeza incómoda: la libertad de expresión nunca está terminada. Siempre está en juego.
Hoy, ese conflicto no ha desaparecido; al contrario, se ha vuelto más evidente. México sigue siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo en tiempos de paz. Desde el año 2000, alrededor de más de 160 periodistas han sido asesinados. La mayoría de esos casos no se resuelve. Quedan ahí, suspendidos, como si la verdad también pudiera desaparecer.
A pesar de eso, el oficio persiste. Hay quienes siguen escribiendo no desde la comodidad, sino desde una convicción profunda. Informar no les basta: interpretan, cuestionan, dejan huella. Hay en ese gesto una necesidad humana de resistir al olvido.
Pero el presente ha traído otro tipo de desafío. Hoy todo se dice, todo circula, todo parece urgente. Vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de verdad. La velocidad ha desplazado a la profundidad, y en ese ruido constante, la credibilidad se vuelve frágil.
El periodista, entonces, no solo enfrenta riesgos físicos. También enfrenta algo más sutil: la pérdida de sentido. ¿Cómo sostener la verdad cuando todo compite por atención?
Quizá la respuesta esté en volver a lo esencial. A la ética. A la mirada atenta. A nombrar las cosas como son, sin adornos. Porque cuando eso se pierde, lo que se desdibuja no es solo el periodismo, sino la memoria de un país.
Los periodistas, en el fondo, hacen algo sencillo y profundo: contar la vida de los otros. De quienes no suelen aparecer en los discursos oficiales. De quienes sostienen lo cotidiano desde el anonimato.
El tres de mayo tendría que ser eso: una pausa. No para conmemorar, sino para preguntarnos. Qué lugar le damos a la verdad. Si estamos dispuestos a defenderla. Si entendemos que la libertad de prensa no es ajena, sino parte de nuestra propia voz.
Al final, escribir se parece mucho a pintar. Ambos intentan lo mismo: detener un instante antes de que se borre.
Y en un país donde tantas cosas se desvanecen con rapidez, quienes escriben siguen haciendo ese intento. Dejar constancia. Decir: esto ocurrió. Esto lo vimos. Aquí estuvimos.