Cuando aparece el Presidente de Estados Unidos en una imagen de IA cargando un arma de alto poder y advirtiendo a Irán que se acabó el “Señor buena onda”, es más fácil alimentar la narrativa oficial de que todas las calamidades de la economía mexicana son importadas.
Pero nuestra economía enfrenta mucho más que la coyuntura actual como un factor negativo que pueda explicar que estamos en el camino de llegar a ese escenario de alta inflación y nulo crecimiento, con altísimos niveles de empleo precario.
El Producto Interno Bruto (PIB) preliminar del primer trimestre de este año, con esa contracción de 0.8% trimestral, no solo enfría el ánimo de los mercados, sino que choca con la inflación que se resiste a bajar del umbral de 4.5%, muy lejos de lo que el Banco de México pregona como su meta.
El mercado laboral sui géneris de nuestro país, que arropa en la informalidad a quien necesita ingresos para sobrevivir, arroja cifras engañosas como el “mínimo histórico” de la tasa de desocupación de marzo pasado de 2.4%, pero con la cruda realidad de una población ocupada en la informalidad de 55 por ciento.
Esta es una combinación altamente tóxica no solo para la autoridad fiscal, o monetaria, sino para cualquier bolsillo: la estanflación.
Esa es una de las “palabrotas” de la economía que, como las buenas groserías, hay que saber cuándo y dónde usarlas. Pero, cuando la economía pierde tracción de forma generalizada, cuando claramente los problemas de la economía mexicana no son coyunturales sino estructurales; y cuando los precios siguen devorando el poder adquisitivo, vale la pena acercarse a los términos que puedan definir la situación actual con más precisión.
Evidentemente que el entorno global pesa, los mercados ya descuentan como una asfixia permanente el choque energético en las cadenas de suministro por la guerra en el Medio Oriente; pero México quedó atrapado, con las decisiones del régimen actual, en una inercia de crecimiento prácticamente nulo.
México debilitó deliberadamente a sus instituciones, acabó con la autonomía del Poder Judicial para entregar una Corte caricaturesca; generó desde el gobierno una crisis de confianza que ha ahuyentado a la inversión y la economía ya no puede crecer más allá de 1.0% sin generar presiones inflacionarias.
La inseguridad y la corrupción tienen en México nombre y apellido, y lo comparten con la ausencia de crecimiento; aunque la falla estructural más grave ha sido ignorada, y aprovechada, por todos los gobiernos durante decenas de sexenios: la informalidad.
Presumir tasas de desempleo bajas en un país donde más de la mitad de la población sobrevive en la economía de la calle, puede tranquilizar a la clientela política menos informada, pero es, sobre todo, un autoengaño peligroso.
Si nos perdemos en las definiciones, la estanflación requiere recesión, inflación persistente y alto desempleo. Hay buenos maquillajes estadísticos para cubrir esos moretones de la economía mexicana.
Pero, aunque al régimen no le guste escucharlo: la corrupción, la impunidad, la falta de Estado de derecho, la falta de competencia energética y la concentración autoritaria del poder, solo garantizan ese estancamiento económico, al que le podemos llamar como queramos.