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Radar Inteligente
24 horas 19 Mar, 2026 00:01

¿Qué sigue?

Durante décadas, el llamado “orden internacional basado en reglas” operó como una ficción funcional –imperfecta, pero suficientemente estable para coordinar expectativas entre Estados, empresas y sociedades. Sin embargo, hoy, esa arquitectura ya no sólo se está erosionando; se está disputando abiertamente.

Las autocracias han dejado de comportarse como anomalías del sistema. De hecho, han aprendido a operar dentro de él, capturando cadenas de valor, plataformas tecnológicas y nodos financieros hasta configurar verdaderas sedes oligopólicas del poder. Y ahí es donde emerge la pregunta que nadie ha querido responder: si el orden anterior se está agotando ¿Qué lo sustituye? Nadie ha alzado la mano. No hay propuesta articulada y mucho menos una legitimación moral.

Lo paradójico es que los discursos siguen ahí. Se sigue apelando a valores, a principios, a derechos o a límites éticos. Pero las evidencias son cada vez más difíciles de conciliar. La historia sobre la relación entre empresas y regímenes, incluidos casos extremos como el Tercer Reich, dejó una conclusión aparentemente clara, a saber, que la neutralidad no exime de responsabilidad.

Hoy, sin embargo, la escena se invierte y se vuelve más incómoda. El episodio de Anthropic no sólo lo confirma, sino que marca un tránsito desde un orden que se pretendía regulado hacia uno en el que las reglas se subordinan a la urgencia electoral, política o militar. Y, en ese desplazamiento, lo relevante ya no es quién controla a las empresas, sino quién contiene a los Estados cuando deciden traspasar los límites.

Además, este punto conecta con una tendencia más amplia en términos de pérdida progresiva de capacidad de arbitraje institucional, que podemos ver tanto conflictos abiertos (Ucrania, Medio Oriente), como tensiones comerciales crecientes (China–Estados Unidos), y en una Europa cada vez más debilitada y dependiente.

Es en ese vacío, donde la intuición del texto Why Nations Fail adquiere una dimensión bastante incómoda, pues si la noción que plantea en torno a que la prosperidad depende de instituciones que distribuyen y acotan el poder, mientras que fracasan cuando se concentra con fines extractivos; el riesgo actual no es menor. El libro hablaba en términos locales, pero la tendencia global apunta, precisamente, en ese sentido. Y México no es la excepción.

Por ello, la pregunta de fondo si bien es hacia dónde vamos, qué sigue, qué orden, qué reglas; quizá valdría la pena revisar si realmente vivíamos en un orden sólido o más bien en una estabilidad contenida mientras las tensiones no alcanzaran cierto umbral.

En ausencia de esa definición, me parece que lo que predomina no es un nuevo equilibrio, sino una lógica donde las reglas se reinterpretan en función de la coyuntura… y las urgencias. Y aunque hoy, los ciudadanos siguen siendo, en teoría, el último árbitro. Nuestra capacidad de incidencia se ha desplazado de la esfera pública a la pantalla, del debate a la reacción fragmentada; porque aunque hay voz, su peso se mide en comentarios, en reacciones, en visualizaciones.

 

  • Consultor y profesor universitario
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